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Jueves, 23 de Marzo de 2017

Una pausa de lectura

Disfrutá el finde con un capítulo del libro “Saberlo es Negocio”, de Claudio Destéfano

Ser buen ganador no tiene precio

 
Otra historia que me hace saltar piel de gallina es la que experimenté una vez con Carlos Morando. Carlos es el actual gerente general de Distrinando, empresa oriunda de Saladillo que tiene la representación en la Argentina de marcas como Le Coq Sportif y Arena, especializada en trajes de baño para competición. En el diario interactivo de negocios que fundé y aún no fundí (DestéfanoBIZ) hicimos un juego cuyo premio era un grabado del artista Benito Quinquela Martín. Estaba en Edimburgo en medio de una movida solidaria que organicé con la ONG “Hecho en Bs.As.”, cuando recibí un e-mail de Carlos Morando. “Claudio, sé que hacés un esfuerzo bárbaro para que toda la logística de entrega de premios funcione, pero debo decirte que conmigo falló”, decía el primer párrafo del correo electrónico. Me detalló la situación. Distrinando tiene oficinas en San Isidro y él se fue a buscar su premio a la Galería Zurbarán, ubicada a pasos de la Recova de Posadas. Llegó a las 19, media hora antes de lo establecido, pero se encontró con un evasivo “ni idea tengo de lo que me habla” por parte de la ocasional recepcionista. Con la frase “No me importa ya el grabado, Claudio, pero sólo quería contártelo”, terminó el e-mail de Morando.
Mi respuesta fue rápida y contundente: “Carlos, estoy en Edimburgo, pero antes de interiorizarme de lo que sucedió, te pido disculpas. Es nuestra culpa y, a mi vuelta, personalmente te voy a llevar el grabado a tu oficina, y de paso me contás chismes de Le Coq. Además, le estoy copiando este mismo correo a Ignacio Gutiérrez Zaldívar, dueño de Zurbarán, que seguramente no está al tanto de la situación y también estará de acuerdo en resolver el inconveniente ASAP” (siglas de As soon as possible, o tan pronto sea posible en criollo).
Recuerdo que seguí trabajando en la PC y a los diez minutos hice “enviar y recibir” en Edimburgo. El primer correo que cayó en la casilla fue de Gutiérrez Zaldívar. “Hola Carlos y Claudio, soy Nacho desde Moscú, acabo de enterarme de la situación. A mi vuelta me pongo a disposición para que todo se solucione pronto”.
Tiempo después, Carlos Morando me reconoció que se sintió superado por la capacidad de reacción de dos tipos, quienes desde Edimburgo y Moscú estaban on line para resolver un problema. Pero esta historia, si terminara aquí, se trataría de un tema vinculado con la relación con el consumidor y no existe razón alguna por la cual provoque piel de gallina. Pero la cosa fue mucho más allá cuando cumplí con mi palabra y le llevé a Morando el grabado de Quinquela Martín. “Quiero explicarte por qué le di tanta importancia a una lámina, por qué fui a buscarla hasta el centro y por qué me dolió tanto irme con las manos vacías ese día”. Sus ojos se pusieron brillosos cuando siguió con el relato. “Cuando era chico practicaba artes marciales. Una vez salí tercero en un torneo y, cuando llegué a mi casa, mi padre me pidió que le mostrara la copa. Cuando le dije la verdad, que no fui a buscarla porque estaba con bronca por el tercer lugar, me señaló el error. ‘Hijo’, recuerdo que me dijo –siguió con los ojos aún más brillosos Morando–, ‘hubo gente que trabajó mucho para que tuvieras tu copa. Desde el organizador hasta el que la fabricó. Muchas manos hicieron cosas para que vos las desprecies. Que sea la última vez’. Pasaron los años y se me presentó una situación similar con el grabado. Fui a buscarlo porque no podía fallarle a mi padre, a quien le prometí aquella vez no cometer nunca más el error de no ir a retirar un premio”.
 
Ganan los valores
Más allá de la emotiva historia de Carlos Morando y de la lección de vida que le dio su padre, no me extraña la parte que involucra a Claudio Destéfano. Diez años corridos junto a él en un programa radial destinado a generar pistas, ideas y oportunidades para oyentes emprendedores (“Desayuno en América”, primero y “Desayuno de Negocios”, después) me enseñaron que para Claudio no hay nada más importante que su palabra y que no está dispuesto a que nada interfiera, si ello baja la calidad de atención que le presta a la gente. Además de demostrar que es más difícil saber ganar que saber perder, lo que revela la anécdota es que cuando hay vocación de servicio las distancias se acortan, más allá de Internet. Las actitudes frontales y expeditivas de Carlos y de Claudio demostraron que tanto en los negocios, cuanto en la vida, los valores de las personas les ganan siempre a las circunstancias de los individuos.
Hugo E. Grimaldi
Director periodístico de la Agencia DyN
  

Tags: Saberlo es Negocio Claudio Destéfano