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Viernes, 20 de Octubre de 2017

Una pausa de lectura

Disfrutá el finde con un capítulo del libro “Saberlo es Negocio”, de Claudio Destéfano

Jugar con responsabilidad

Hay historias que, al contarlas, provocan que a uno le dispare algo en el organismo y se provoque el famoso efecto de la piel de gallina. Suelo ir seguido a Montevideo y una vez, escuchando la radio, presté atención a un reportaje que le hacían a Fernando Morena después de un partido benéfico realizado en el Estadio Centenario entre los veteranos de Peñarol y Nacional. Para los “no futboleros”: Morena fue uno de los máximos goleadores de Uruguay de todos los tiempos. No fue tan efectivo en Boca cuando estuvo, ni cuando se calzó la celeste de la selección; pero en Peñarol, su club, se cansó de hacer goles. Morena, en ese partido de panzones a beneficio, convirtió un gol de penal. El periodista disparó la típica y cero creativa pregunta: “¿Qué sintió cuando hizo el gol?”, a lo que el delantero uruguayo le contragolpeó con una respuesta magistral. “La verdad que sentí mucha más presión en este penal que en tantos otros que pateé en partidos oficiales. Y la razón es muy sencilla. Sabía que en las tribunas había muchos padres con sus hijos viendo el partido. Y como no hay mucho archivo televisivo con mis goles, seguramente los padres les crearon expectativas con el típico ‘no sabés cómo la metía este Morena’. Y justo vino el penal. Y justo lo pateaba yo. No podía equivocarme, porque varios de los hijos se sentirían defraudados de las historias contadas por sus padres. Sentí presión –recalcó Morena aquella vez–. No podía tirar ese penal afuera y menos que me lo atajara el arquero. Nunca me lo hubiera perdonado ese padre que le llenó la imaginación a su hijo con mis goles”.
Juré recordar siempre esa reflexión, y no pasó mucho tiempo hasta que pude hacerla carne con mi hijo Martín.
Él es de Boca como yo, y tenía cinco años cuando, en su partido homenaje, Diego Armando Maradona dijo la famosa frase “la pelota no se mancha”. Estábamos ahí con Martín, en una de las plateas preferenciales de Boca, y lo teníamos tan cerca que parecía que Diego nos hablaba a nosotros dos. Recuerdo ese día como si fuera hoy porque lo vi por primera vez a mi hijo emocionarse hasta las lágrimas cuando Maradona dio la Vuelta Olímpica, pero también porque “desempolvé” aquella historia de Fernando Morena en el partido entre panzones “manyas” y “bolsos”, como les dicen a los de Peñarol y Nacional.
Terminó el primer tiempo del homenaje al Diego y sólo hubo una explosión de aplausos cuando el colombiano René Higuita hizo la del “escorpión”, una jugada que inmortalizó (como la Gran Willy de Vilas), en la que ante un disparo relativamente sencillo, el arquero se tira hacia delante como Meolans en la piscina, y haciendo una pirueta ensayada, le pega al balón con los tacos. Sólo esa jugada levantó a la tribuna.
“Papá, ¿qué va a pasar en el segundo tiempo?”, preguntó Martín con la inocencia de los 5 años. “Acordate, hijo, vas a ver que hace un gol el Diego”. No es necesario estudiar en Harvard para deducir lo lógico (Maradona no podía irse sin gritar un gol propio en su despedida), pero la lógica no cuenta para un niño de 5 años. Recordé lo de Morena. Y Maradona hizo su gol de penal. Y, como los hijos de los uruguayos que le hablaron a sus niños del rompe-redes, mi hijo Martín se fue feliz porque confirmó que su padre la tenía clara...
 
El afecto y la pasión
Muchas veces queremos tapar el sol con las manos, ocultar lo que es inevitable. Así, muchas personas creen estar en lo cierto cuando razonan y se comunican con los demás de cerebro a cerebro, de racionalidad pura a racionalidad pura. Pero el ser humano, felizmente, es mucho más que eso. Así, a Fernando Morena le pesaba más ese penal, teóricamente mucho más fácil que otros que había errado y metido, y jugando por cosas más importantes. Los hinchas de Boca, por ejemplo, lo recordamos entre otras cosas, porque en su fugaz paso xeneize en 1984, el defensor de Platense que reemplazó al arquero le atajó su penal sobre la hora.
El contexto muchas veces explica decisiones que podrían parecer irracionales, pero que en conexión con la totalidad de la persona, resultan las mejores. Y no por tocar el afecto y la pasión, deben ser desterradas de nuestra vida profesional.
Recuerdo un reportaje que le estaba haciendo en las oficinas de Socma a Mauricio Macri, por entonces el delfín de su papá Franco, en 1991, unas semanas antes de su secuestro. Todo transcurría en una apatía generalizada hasta que, para rematar, le pregunté por Boca, ya que se sabía que era un bostero consumado. Y se encendió la luz, la entrevista duró, on y off the record, una hora más. Allí me di cuenta que su lógica iba más allá del legado paterno. Su empresa perdió a un discreto gerente y Boca ganó a su mejor presidente desde Alberto J. Armando.
 
Tristán Rodríguez Loredo
Periodista y profesor
     

Tags: Saberlo es Negocio