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Martes, 27 de Junio de 2017

Saberlo es negocio

Pequeñas historias de gente que hace

Saberlo es Negocio, el primer libro de Claudio Destéfano
Saberlo es Negocio, el primer libro de Claudio Destéfano

¿Quién no comenzó con un ratoncito?

 
Años atrás, invitado por mi gran amigo Carlos Paciarotti (cuyo gran problema es ser demasiado hincha de River), tuve la suerte de hacer un curso en la Universidad de Disney, en Orlando. Sin dudas, la empresa que creó Walt es un verdadero caso de estudio por cientos de vértices. Primero y principal, por esa frase que acuñó su creador para cerrar las charlas con sus empleados. Walt Disney siempre decía “y pensar que todo comenzó con un ratoncito”.
Recuerdo la historia de un padre que guardó en una caja su primer delantal de almacenero y se la dejó como legado a sus hijos. “Cada vez que estén por tomar una decisión importante abran el cofre y recuerden con qué empezamos”, les dijo. Hay cientos de historias de grandes empresarios, en la Argentina y en el mundo, que empezaron con “un ratoncito”. Alfredo Coto comenzó con una carnicería y, tiempo después, su empresa llegó a estar valuada en 1.300 millones de dólares. El “ratoncito” de Juan Mirenna, actual propietario del Sheraton Pilar, fue un almacén en Morón, que luego fue agrandando hasta crear SU Supermercados, que fue vendido en los ’90 a Disco en 72 millones de dólares.
Los sabihondos en el mundo de los negocios suelen decir que las mejores ideas para emprender un negocio surgen a partir de alguna actividad en la que tenemos experiencia acumulada, o que conocemos en sus detalles, o simplemente a la que queremos con pasión.
La historia de José María Sánchez combina esos tres factores de una manera muy especial. Sus dos abuelos eran panaderos; para colmo, competidores, porque tenían sus locales prácticamente uno frente al otro, calle por medio. Las relaciones entre ellos no terminaron muy bien. El caso es que José comenzó a trabajar con uno de sus abuelos y finalmente heredó la panadería familiar en el barrio de Mataderos, que continuó durante años.
José, que reúne experiencia, conocimiento y pasión por su negocio, comprobó que la mano no venía bien, y detectó que el problema es lo que los técnicos llaman la “baja rotación de stocks” de distintos productos que toda panadería debe tener, pero que sólo se venden de vez en cuando. Para muestra, bien vale el ejemplo de velas y adornos para tortas. Con suerte, cada tanto una vecina cae a comprarlos, pero una panadería no puede decir “no tengo” cuando alguien pide velitas para la torta de cumpleaños.
Ahí a José se le prendió la lamparita y descubrió que lo mejor sería dedicarse sólo a productos que tienen una alta rotación y crear una cadena de locales para venderlos. Descubrió que de todo lo que vende una panadería, lo que más “sale” son las medialunas, y durante años maduró el proyecto de una empresa dedicada solamente a la más popular de las facturas. Así nació Medialunas del Abuelo, que en cuatro años creció hasta tener 180 locales (unos diez propios, y los demás otorgados mediante franquicias). A medida que el negocio creció y convino para las ventas, agregó otras variedades de facturas y también pan, pero siempre enfocado en artículos con mucha salida.
Hay miles de “colorín, colorado” de este tipo, pero también existen otros ratoncitos que nada tienen que ver con una empresa y sí con la emoción que provocan ciertos logros. Soy ultramaratonista. Corrí once maratones de 42 kilómetros, 2 de 100 kilómetros, una de 230 kilómetros en el Sahara y tres cruces de los Andes de 90 kilómetros cada uno. Y yo también comencé con un ratoncito. Fue en febrero de 1999, cuando mi mujer me dijo: “Mañana tocarán el timbre a las 6:30 de la mañana. Si no te enganchás con lo que te conseguí, me divorcio”. Era un personal trainer, y mi mujer me lo metió de prepo para ayudar a reducir mi stress. Yo era “cero deporte” y ese día, recuerdo, di una vuelta a la plaza Vicente López en Barrio Norte (vivía allí), pedí parar hasta la próxima clase al profe Raúl Rodríguez, y me tomé un litro de Ades.
Un año y medio después, julio de 2000, corrí mi primer maratón en Lobos, impulsado por Raúl Amil, mi entrenador, uno de los pocos argentinos que corrió el durísimo Spartatlón (son 236 kilómetros y hay que hacerlos en menos de 34 horas) y el hombre que me cambió la vida, porque me ayudó a descubrir “mi deporte”. ¿Qué tiene que ver el ratoncito con esta historia? Recordando a Walt Disney, utilizo el mismo recurso en cada uno de mis entrenamientos. Cada vez que termino mi sesión de sudor cotidiano, doy una vuelta a la manzana de mi casa en honor a aquella vuelta por la plaza Vicente López. Porque en mi proyecto personal de ser maratonista, yo también empecé con un ratoncito, y prometí siempre tenerlo presente. Lo corporicé con la “vuelta olímpica”, como siempre la llamo en mi interior. Si Walt viviera, haría lo imposible para contárselo.
 
Visión, vuelo y garra
Desarrollar un proyecto y llevarlo a cabo es una de las experiencias más gratificantes que tiene la vida. Es reunir nuestras capacidades para proyectarlas en un todo armónico que se refleja en un producto o servicio. Emprender es hacer. Pero lo más difícil no es hacer, sino hacer bien, y superarnos para que la obra pueda, en su tiempo, desprenderse del emprendedor y tomar vuelo propio.
El emprendedor sabe de la naturaleza de su producto, y generalmente pone una pasión y una energía que no guardan relación con los valores económicos. No hay dinero que le compense el esfuerzo y la dedicación. Sabe también que si no logra administrar su emprendimiento adecuadamente paga un costo muy alto, tanto en lo profesional como en lo personal. No puede hacerlo solo, por eso uno de sus desafíos es atraer talentos complementarios a su perfil profesional para incorporar en su empresa.
En Mañana Profesional, una empresa que comencé hace 18 anos con Luis y Susan Luchía Puig, mis padres, promovimos incansablemente la cultura de emprendedores profesionales. Creemos firmemente que los emprendedores construyen valor y generan riqueza, y sabemos que nuestra Argentina necesita de esta raza de hacedores. Por eso los hemos identificado con el águila. Al igual que esta ave, tienen visión, vuelo y garra. Visión para detectar oportunidades, vuelo propio para realizarlas y la garra que se necesita para llevarlas adelante.
Cecilia Luchía Puig
Presidente de Mañana Profesional
     

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