Suscribir Newsletter Facebook Twitter



10°C
Capital Federal
Miércoles, 16 de Agosto de 2017

Saberlo es negocio

Pequeñas historias de gente que hace

No mires a dónde voy

Cada vez que cuento una situación como la de la ambulancia, las computadoras o los guantes de Goyén, recuerdo aquella experiencia vivida en uno de los bancos más prestigiosos del mundo: JP Morgan. Se llama así por su fundador, John Pierpont Morgan, que nació en Connecticut en 1837 y, tras graduarse de abogado en la universidad alemana de Gotinga, fundó su propia firma de Wall Street en 1862. Su camino a la fama comenzó en 1890, cuando la muerte de su padre lo dejó al frente de una empresa de peso, que pronto crecería al financiar la formidable expansión de la economía norteamericana en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Entre otras operaciones, Morgan preparó la fusión entre la Edison General Electric y la Thomson-Houston Electric Company para dar nacimiento a la famosa General Electric, hoy GE. Sin embargo, el pináculo de su carrera fue la creación de la compañía mundial más grande de su tiempo: la U.S. Steel.
Famosa es la historia según la cual un banquero de la ciudad donde estaba radicado Morgan lo llamó para que John Pierpont le comprara su entidad antes de que fuera a la bancarrota. “Salgamos a dar una vuelta por la plaza”, dicen que le dijo JP. El banquero se ofuscó porque le ofrecía un paseo y no la plata para resolver sus problemas. Morgan lo convenció, y la estrategia funcionó: los depositantes pararon de sacarle dinero al banco en cuestión porque, al ver caminar a su dueño con Morgan, interpretaron que en el futuro iban a ser socios o, mejor aún, que John Piertpont iba a quedarse con la entidad en problemas.
Morgan falleció en 1913, pero su legado llega hasta nuestros días. En 1933, las leyes antimonopólicas (la famosa Glass-Steagal Act) ordenaron la división de la empresa original entre J. P. Morgan & Co y el banco de inversión Morgan Stanley. El tiempo pasó y JPM se fusionó con el no menos famoso Chase Manhattan Bank. Sin embargo, cuando aún la fusión que dio paso al JP Morgan-Chase no se había cristalizado, tuve dos experiencias particulares con uno de los ejecutivos del entonces JPM. Su nombre es Miguel Ángel Graña y en ese momento era el responsable del área “Fusiones y Adquisiciones” de la entidad bancaria que creó John Pierpont. Como en ese momento yo cumplía un doble rol (durante el día trabajaba en una mesa de dinero en la City porteña y, a la noche, escribía en un diario) tenía poco tiempo para buscar información, insumo básico para un periodista. La fórmula que mayor éxito me dio fue (y no te rías) salir a caminar todas las tardes por Florida. Sí, no es error de tipeo. Como tenía poco tiempo para buscar información opté por hacer mis almuerzos caminando por la peatonal. Siempre encontraba a alguien conocido, con quien caminaba alguna cuadra y pescaba algún datillo, o dato de pasillo, palabra que alguna vez inventé y actualmente utilizo. Lo divertido es que a no más de dos cuadras me encontraba con otra fuente y caminaba para el otro lado unos cuantos metros. Así sucesivamente hasta cosechar cinco o seis noticias en una hora de caminata. De esta manera optimizaba el tiempo y obtenía la información necesaria para llegar siempre con novedades al diario.
Un día de caminata por Florida me topé con Miguel Ángel Graña, a quien acompañé un par de cuadras y el ex JP Morgan, en un momento determinado, me dijo “Bueno…, hasta aquí llegamos”. Le respondí que no tenía inconveniente en acompañarlo un par de cuadras más, porque yo tenía tiempo y él, siempre muy buena información. “Es que yo prefiero que nos despidamos aquí porque si vos ves a qué edificio ingreso descubrirás una noticia que yo, por ahora, no quiero que conozcas”, recuerdo que me dijo.
La confidencialidad es el punto clave entre los especialistas, como Graña, en Mergers & Acquisitions (Fusiones y Adquisiciones o simplemente M&A). Por eso entendí esa reacción de “fletarme” dos cuadras antes, como también comprendí la respuesta de su secretaria una vez que fui a tomar un café con él en las viejas oficinas que JP Morgan tenía en la esquina de Corrientes y Reconquista. Y lo recuerdo gratamente cada vez que leo la palabra “Ambulancia”, miro una notebook en cámara o veo algún arquero con guantes Reusch.
Llegué temprano a la cita, algo que nunca me caracterizó hasta que leí la frase que le dijo un amigo (Orlando Ometo) a Rolim Amaro, creador de TAM Líneas Aéreas, cuando llegó retrasado a una reunión que tenía con él y otras personas: “Rolim, quédese tranquilo, siempre se espera al peor”.
Ese día, llegué temprano a la reunión y Graña estaba en un conference-call con Nueva York.
—Aguarde un ratito aquí —me dijo su asistente.
—Si quiere lo espero en la oficina —le respondí con similar cortesía.
—De ninguna manera. Mi jefe me prohibió hacer pasar a un periodista a su oficina cuando él no está, porque dice que la gente de la prensa se especializa en leer al revés.
Sonreímos ambos. Ella porque pudo aplicar una máxima que existe en el banco que hace muchos años creó John Pierpont Morgan. Yo, porque descubrí ahí cuánta razón tenía.
 
Un lugar para los valores
Estoy agradecida con la vida por muchas razones; una de ellas fue empezar mi carrera profesional en JP Morgan. Es la institución más occidental y, al mismo tiempo, más oriental que conozco. Se respira la cultura norteamericana con todos sus valores, pero también se celebran valores orientales como la paciencia, el sentirse parte importante de un todo, el aprendizaje permanente y, por sobre todo, el respeto de todas las personas que forman parte de esa magnífica institución.
Muchas veces se cree que las organizaciones con una fuerte cultura propia condicionan la creatividad y la libre expresión de los individuos. Puedo decir por mi experiencia en varias organizaciones que los valores y la ética no limitan la creatividad, la propician, la respetan, la ponen al servicio del grupo de trabajo para que cada uno pueda mejorar cada idea, pueda discutirla, pueda superarla.
Con respeto y gentileza podemos decirles a los demás lo que es importante para nosotros, en qué cosas creemos. Seremos así más confiables, nuestros clientes nos apreciarán, obtendremos más oportunidades de negocios y sentiremos la satisfacción y la paz que da el trabajo “bien hecho”.
Sandra Martinuzzi
Presidente de Becha SA
     

Tags: Claudio Destéfano Saberlo es Negocio Literatura