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Lunes, 24 de Julio de 2017

Recuerdos del futuro

Por Felipe Pigna

La gente comenzó a formar largas colas frente a los bancos y los tonos de las conversaciones, que incluían fuertes insultos a las figuras más notables del gobierno y de la actividad privada envueltas en escándalos de corrupción y en privatizaciones fraudulentas, fueron subiendo hasta transformarse en gritos cuando se cerraban las puertas de los lugares que hasta entonces aparecían como los más seguros para depositar un dinero que, decían, estaba garantizado por el Estado. Las coartadas gubernamentales y bancarias abundaban y cada vez convencían menos a una población que veía evaporarse sus ingresos devorados por la inflación mientras observaban entre asqueados y acostumbrados como se elevaban las mansiones de los corruptos y los especuladores que ya habían tomado la precaución de enviar sus dineros al exterior en una colosal fuga de capitales que fue comentada tempranamente por Sarmiento: “Lo que más distingue a nuestra colonia en París son los cientos de millones de francos que representa, llevándole a la Francia no sólo el alimento de sus teatros, grandes hoteles, joyería y modistos, sino verdaderos capitales que emigran, adultos y barbados, a establecerse y a enriquecer a Francia. En este punto aventajan las colonias americanas en París a las colonias francesas en Buenos Aires. Éstas vienen a hacer su magot, mientras que las nuestras llevan millones allá”.

En 1887, el gobierno de Juárez Celman, que comenzaba una alocada política privatizadora, había promulgado la ley 2216, de “Bancos Nacionales Garantidos”, que permitía a los bancos privados emitir billetes de curso legal con el respaldo de las reservas en oro del Estado. La misma ley autorizaba a fundar un banco a cualquier persona que pudiera demostrar un capital mínimo de 25.000 pesos moneda nacional. El sistema, era –o mejor dicho, debía ser– el siguiente: los bancos le compraban al gobierno títulos de la deuda interna. El gobierno les entregaba las sumas pagadas en billetes con el nombre de cada banco. Para controlar el cumplimiento de la ley, inspeccionar a los bancos y entregar los billetes garantizados, se creó la Oficina Inspectora de Bancos Garantidos.

Como pueden adivinar los avezados lectores, se estaba gestando un negocio colosal. La prueba contundente está en el crecimiento del número de bancos que comenzaron a aparecer como hongos después de la lluvia: de junio a diciembre de 1888 se crearon nueve bancos provinciales garantidos y en sólo dos años ya existían 20: el Banco Nacional, agente financiero del gobierno central; 13 provinciales, con capitales aportados por sus respectivos gobiernos, y 6 privados. En menos de dos años los bancos comenzaron a enviar sus capitales al exterior y el Estado debió decretar un corralito que limitó el retiro de los ahorros depositados en los bancos. El gobierno salió en defensa de las entidades financieras que en su mayoría presentaron quiebras fraudulentas. Las acciones bursátiles comenzaron a caer estrepitosamente.
Pero a los culpables de la crisis hay que buscarlos de los dos lados del mostrador. La revista inglesa Banker’s Magazine, de marzo del 1891, opinaba: “Si los argentinos han pecado no han sido ellos los únicos pecadores. Los financistas europeos han sido el genio del mal durante todo el drama”.
La crisis aceleró el desplazamiento de Juárez Celman a través de un movimiento cívico-militar que pasó a la historia como la Revolución del 90. Carlos Pellegrini –el vice de Celman- puso como condición para asumir la presidencia que un grupo de banqueros, estancieros y comerciantes argentinos suscribieran un empréstito de 15 millones de pesos para hacer frente a los vencimientos externos.
El nuevo presidente aplicó un riguroso plan de ajuste que, como siempre, sólo ajustó a los sectores populares. Recortó violentamente los gastos administrativos, echó a 1.500 empleados públicos. Quedaron postergadas imprescindibles obras públicas, algunas para siempre, decenas de obras públicas. Se rebajaron los sueldos estatales y las jubilaciones y pensiones. La crisis la iban a pagar los que ya la venía padeciendo.
El proceso que terminó con la crisis bancaria y social de 1890 se presenta tentador para aplicarle el axioma “la historia se repite”, y ver en aquellos hechos el antecedente más claro de las crisis argentinas de 1989 y 2001. Las coincidencias son notables: especulación bursátil, privatizaciones inescrupulosas cargadas de corrupción, inflación, devaluación, corridas bancarias, fuga de capitales, escandaloso endeudamiento externo, enriquecimiento meteórico de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría y descrédito absoluto de la corporación política.
Estamos frente a una situación causal y no casual, porque en la medida en que no se modifiquen las causas, las consecuencias serán similares. No se debe a la fatalidad, a un fenómeno natural e irreversible que la Argentina padezca estas crisis, extraordinarias fuentes de oportunidades y negocios para los habitualmente bien conectados e informados.
La idea de fatalidad, basada en el “siempre fue así”, en frases célebres al estilo de “pobres habrá siempre”, como decía un ex presidente, conduce sin escalas a la funcional idea de que “siempre será así”, obturando la creatividad y la posibilidad del cambio de paradigma.
 
Felipe Pigna
     

Tags: Palabra Autorizada Felipe Pigna Historia Argentina