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Lunes, 24 de Julio de 2017

Palabra Autorizada

Villa Manuelita contra el resto del mundo, by Felipe Pigna

Felipe Pigna
Felipe Pigna

El afamado historiador nos trae la siguiente historia: En Asunción del Paraguay, un corresponsal le preguntó al presidente derrocado qué pensaba hacer para volver al poder en la Argentina. Perón lo miró y le respondió “Nada. Todo lo harán mis enemigos”.

Y allí estaban sus enemigos para comenzar la faena. Tal como había ocurrido con el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930, el alzamiento armado de septiembre de 1955 –autodenominado “Revolución Libertadora”– fue llevado a cabo por una alianza integrada por civiles y militares que gustaban llamarse “nacionalistas” 1 y “liberales”. 2

El golpe fue apoyado por la mayoría de los partidos políticos que se habían opuesto al peronismo, la Iglesia, la Sociedad Rural, las cámaras empresarias, la banca y la siempre solícita embajada de los Estados Unidos que en un cable secreto señalaba:

el gobierno provisional que asumió luego de la Revolución del 16 de septiembre [...] ha resistido muchas presiones más allá de nuestros mejores deseos y es el gobierno más amistoso respecto de los Estados Unidos que ha existido aquí en años y ha demostrado convicciones y motivaciones democráticas [...]. Por lo tanto sería importante para nuestros intereses ayudar a nutrir a esta tierra plana y hacer lo que esté a nuestro alcance para asegurar su continuidad y crecimiento. 3

Mientras las principales potencias reconocían al nuevo gobierno, en Villa Manuelita, una barriada muy pobre cercana al frigorífico Swift, en la zona sur de Rosario, bajo la atenta de las fuerzas represivas de la caballería, un grupo de mujeres, junto con sus pequeños hijos, colgó un cartel en el tanque de agua. Lo habían escrito con brea sobre una improvisada tela armada con guardapolvos cosidos y allí podía leerse: “Todos los países reconocen a Lonardi. Villa Manuelita no lo reconoce”. Cuenta Juan Vigo:

De la columna de jinetes, tres soldados se apearon y lentamente se acercaron al tanque. Venían con la orden de quitar la bandera que desafiaba al general rebelde. Las mujeres arrastraban a sus pequeños hijos que lloraban y los alzaban consagrándolos hacia Dios que, a lo mejor estaba en el cielo: “¡Adelante!... ¡mátenlos!... ¡asesinos!... ¡mátenlos!... ¡tiren cobardes!” Los tres soldados se dieron media vuelta y volvieron corriendo. Dicen que uno iban llorando. Y Villa Manuelita, firme, no se rendía […]. El 23, mientras Lonardi entraba triunfante en Buenos Aires, vitoreado por todas las especies del antiperonismo y la oligarquía, Villa Manuelita adherida a su agonía, resistiéndose a morir de indignidad. Los soldados intentaron tres veces sin éxito sacar la bandera que desconocía el triunfo del golpe. Fueron corridos a piedrazos y ladrillazos a las afueras de la Villa por una muchedumbre que coreaba el nombre del presidente depuesto. Habían montado guardias al pie del tanque y nadie aflojaba. Pero los festejos no pueden esperar: la oligarquía aguarda su banquete y lo quiere en paz y el país tiene que demostrar que está en calma. Se descarga toda la oleada represiva en un solo día y comienzan a avanzar las tanquetas, los caballos y desde las avionetas empiezan a tirar latas con gases lacrimógenos que explotan sobre los techos de las casillas. 4

En las barriadas humiles, en los cordones industriales, en el interior profundo, al borde de las cañas de azúcar, de los algodonales, las familias peronistas sabían que más allá de las proclamas y los discursos, el gobierno que asumía no venía precisamente a liberarlos, sino más bien a todo lo contrario, a llevarse por delante todas las conquistas sociales, todos los derechos adquiridos. Sabían también que comenzaría la revancha de los poderosos y por lo tanto había que prepararse para una larga lucha.

Recordaba uno de los miembros de aquella resistencia:

La resistencia comienza en la mesa familiar, en la cual todos estaban indignados, las mujeres lloraban. Después con los vecinos, nos dimos cuenta que debíamos hacer algo y comenzamos a pintar “Perón Vuelve”. Los Comandos Civiles habían llenado las paredes con “Cristo Vence”, que era una cruz con una letra v en el medio. Entonces, nosotros convertíamos la cruz en una letra p. En algunos sitios, ellos le agregaban “muerto”. Pero la imaginación popular es inagotable, y un anónimo le agregó “de risa”: “Perón vuelve muerto de risa...” 5

Referencias:

1. Por nacionalistas debe entenderse derechistas ligados a la Iglesia católica.

2. No está mal aclarar que es demasiado generoso llamar “liberal” a un sector autoritario y represivo de un golpe de Estado; así lo hacen, sin embargo, sin usar comillas, muchos autores que han trabajado sobre el período. Quizás valdría la pena recordar la frase de Alberdi:“Los liberales argentinos son amantes platónicos de una deidad que no han visto ni conocen. Ser libre, para ellos, no consiste en gobernarse a sí mismos sino en gobernar a los otros. La posesión del gobierno: he ahí toda su libertad. El monopolio del gobierno: he ahí todo su liberalismo. El liberalismo como hábito de respetar el disentimiento de los otros es algo que no cabe en la cabeza de un liberal argentino. El disidente es enemigo; la disidencia de opinión es guerra, hostilidad, que autoriza la represión y la muerte" (Escritos póstumos, Editorial Cruz, Buenos Aires, 1890, tomo X).

3. Citado en Jane van der Karr, Perón y los Estados Unidos, Vinciguerra, Buenos Aires, 1990, pág. 282.

4. Juan Vigo, Crónicas de la resistencia. La vida por Perón, A. Peña Lillo, Buenos Aires, 1973.

5. Testimonio de Enrique Oliva en Nicolás Damin, Plan Conintes y Resistencia Peronista 1955-1973, Instituto Nacional Juan Domingo Perón, Buenos Aires, 2010, pág. 112.

 

     

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