Suscribir Newsletter Facebook Twitter



21°C
Capital Federal
Sábado, 18 de Noviembre de 2017

Palabra Autorizada

El negociado de la construcción del Congreso Nacional, by Felipe Pigna

Felipe Pigna
Felipe Pigna

En 1913 gobernaba una Argentina todavía orgullosa de su reciente centenario, Victorino de la Plaza. Se inauguraba en Buenos Aires la línea “A” del primer subterráneo de toda Sudamérica, y, en un país que por entonces tenía trenes, se habilita la línea férrea Buenos Aires-Asunción. Por aquellos años de aparente bonanza y ostentación de una minoría mientras la mayoría miraba la fiesta con la ñata contra el vidrio, el Partido Socialista había visto incrementar sus bancas con la nueva Ley Sáenz Peña.

El partido fundado en 1896 por Juan B. Justo, que había incorporado en la figura de Enrique del Valle Iberlucea a su primer senador, pudo aumentar su esfera de influencias en el parlamento, promover leyes sociales de avanzada y denunciar al régimen en sus distintos aspectos. Serán sus legisladores los que denunciarán públicamente un escandaloso acto de corrupción que involucraba a ministros, funcionarios de primera línea y legisladores. Se trataba nada más ni nada menos que de los exorbitantes sobreprecios pagados para la construcción del edificio del Congreso de la Nación que había comenzado en agosto de 1897 y aún seguía inconclusa.
Aquel palacio neoclásico, fue proyectado por el arquitecto italiano Víctor Meano, pero éste murió asesinado en un episodio que fue calificado como crimen pasional, y la dirección de la obra fue continuada por su colega Julio Dormal. El edificio, inspirado en el monumento a Víctor Manuel, conocido como el Altar de la Patria, que da inicio a lo Avenida de los Foros Imperiales de Roma, se estaba convirtiendo en el orgullo de la reina del Plata. Pero  el palacio ocultaba en sus entrañas oscuridades que algunos querían sacar a la luz. El diputado Alfredo Palacios, -que había sido electo en 1904 transformándose entonces en el primer diputado socialista electo en toda América- logró que se conformara una comisión investigadora que quedó integrada por él mismo, Lisandro de la Torre, Julio Sánchez Viamonte, Francisco Oliver y Delfor Del Valle. Palacios no se andaba con vueltas y declaró: “Aquí se ha realizado un “Negotium”. Y conste que empleo esta palabra como eufemismo, pues la verdadera calificación está en la conciencia y en los labios de todo el pueblo…Necesitamos saber quienes son los delincuentes para aplicar el rigor de la Ley”. [1]

Mientras José Ingenieros publicaba “El hombre mediocre”, la Comisión dirigida por Palacios y De la Torre pudo designar a dos peritos técnicos para que averiguaran cómo había sido posible que de un presupuesto original de $ 5.776.746,45 moneda nacional, se pasara a 25.117.745,35 en apenas siete años, en épocas de baja inflación. Ante las cifras que hablaban claramente, los técnicos nombrados por la comisión, los ingenieros Miguel Estrada y Jorge Dobranich, concluyeron que las irregularidades eran indisimulables.

Lisandro, en poder del lapidario informe pidió que se suspendieran los pagos a las empresas contratistas, ya que se pudo constatar que la cuadruplicación de costos entre el presupuesto original y el final se debía a irregularidades atribuibles a la estrecha relación de las empresas y funcionarios gubernamentales. Decía Lisandro en su dictamen de Comisión: “El Palacio del Congreso no ha sido ni certificado por la Dirección de Arquitectura ni por los Inspectores ni por persona alguna que haya representado los intereses de la nación; ha sido medido y certificado por el empresario mismo de acuerdo a sus conveniencias. El Ministerio de Obras públicas mandaba pagar los certificados: ésa era toda su misión.”[2]

Esto implicaba que ningún organismo oficial supervisaba la obra ni su presupuesto, y que era la propia empresa contratista, “Pablo Besana y Compañía”, con sede en Avellaneda, la que manejaba los costos y beneficios a su antojo.
El diputado Palacios aportó un invalorable documento del 31 de diciembre de 1907 dirigido al Ministerio de Obras Públicas por el contratista donde abriendo el paraguas decía: “Las mediciones se llevan con extrema exactitud y forman en la actualidad un conjunto de más de 30 volúmenes con sus correspondientes planos, lo que permite a cualquier técnico y en cualquier tiempo darse cuenta de los métodos seguidos, de la corrección de las medidas y de la aplicación de los precios unitarios”.[3]

En pocas palabras el contratista se decía a sí mismo y le decía al Ministro que había hechos las cosas bien y que podían seguir gozando para siempre de la deliciosa impunidad. Pero ahí no terminaba la cosa. Uno de los contratistas llamado a declarar dijo sin ruborizarse, según consta en la versión taquigráfica del 14 de septiembre de 1914: “…que si el va a medir una cosa y de un extremo se le tira la cinta, tiene que haber enormes diferencias”. Todos nos imaginamos quienes tiraban de la cinta de hacer dinero. Finalmente el empresario hizo uso de la “Obediencia Debida” declarando ante los parlamentarios: “que carecía en absoluto de atribuciones y que siempre procedió como un soldado obedeciendo las instrucciones de sus superiores.”

El Procurador del Tesoro declaró que el Jefe de la Dirección de Arquitectura se singularizaba por una “negligencia que alguna vez rayó en lo inverosímil”, y que el segundo jefe, cometió actos que el propio gobierno consideró delictuosos.

Decía Palacios ante la Cámara: “Como si todo esto no fuera suficiente para poder afirmar que ha habido ladrones y que altos funcionarios han recibido coimas en este repugnante asunto del Palacio del Congreso, el técnico nombrado por la Comisión, señor Ingeniero Estrada, hijo de José Manuel Estrada, comunicó a algunos miembros de la Comisión que el contratista ha pretendido sobornarlo. En presencia de estos, debemos ser inexorables, pero debemos también continuar la investigación con tenacidad, con entusiasmo, con patriotismo. Y así habremos cumplido con nuestro deber de representantes del pueblo”[4]

La comisión, que comprobó además que entre los años 1905 y 1909[5] se concedieron por decreto partidas extraordinarias que no figuraban en el presupuesto original, envió todos los elementos de juicio al Poder Ejecutivo que no hizo nada al respecto salvo pagarle puntualmente a los contratistas denunciados por Palacios y De la Torre. Cuentan los tangueros que por esos días en el Salón “La Argentina”, a pocas cuadras del Congreso, Francisco Canaro y Vicente Greco zapaban un tango que decía: “Che, Pirincho, a ver si vamos sentando cabeza de una vez por todas”

 


[1] Diario de sesiones de la Cámara de Diputados, Tomo II, sesión del 14 de septiembre de 1913

[2] En Alfredo Palacios, La Justicia Social, Buenos Aires, Claridad 1922

[3] Diario de sesiones de la Cámara de Diputados, Tomo II, sesión del 14 de septiembre de 1913rio de

[4] Ídem

[5] Gobiernos de Manuel Quintana y José Figueroa Alcorta. Es interesante señalar que éste último decidió clausurar por decreto el Parlamento en 1908. 

 

     

Tags: Congreso de la Nación Felipe Pigna historia construcción corrupción legisladores ministros edificio