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Miércoles, 26 de Abril de 2017

Palabra Autorizada

Sebastián Gaboto por tierras argentinas, by Felipe Pigna

Felipe Pigna, nuestro especialista en Historia
Felipe Pigna, nuestro especialista en Historia

El marino veneciano educado en Inglaterra Sebastián Gaboto, había sido nombrado Piloto Mayor del reino a tras la muerte de Solís a manos de los charrúas. Gaboto propuso un minucioso plan al emperador Carlos V para apoderarse de las Islas Molucas (Indonesia) y ponerlas rápidamente a producir. Carlos se entusiasmó y aprobó el proyecto no sin antes emitir una Real Cédula contra el descontrol sexual abordo: “Por evitar los daños e inconvenientes que se siguen e cada día acaecen de ir mujeres en semejantes armadas, mandamos y defendemos firmemente que en la dicha armada no vaya ninguna mujer de cualquier calidad que sea y que vos tengáis mucho cuidado de visitar las dichas naos antes de la partida para que esto se cumpla...”. Gaboto zarpó en 1526, y al pasar por las Islas Canarias, lejos de los controles reales, embarcó unas cuantas “mujeres enamoradas” como se les llamaba en aquel entonces a las trabajadoras sexuales. Cuando llegó a Santa Catalina, cerca de la actual Florianópolis, escuchó por primera vez una la leyenda que cambiaría su vida. Hablaba de un Rey Blanco que habitaba en un palacio con paredes de plata cargado de tesoros. La obediencia debida no era un valor por aquellos tiempos y Gaboto trocó a las Molucas por la aventura del Río de la Plata. Bajando por el Atlántico le sorprendió ver a un hombre con ropas europeas: era Francisco del Puerto, el único sobreviviente de “los de Solís”. Del Puerto había convivido con charrúas y guaraníes que habían logrado que la leyenda se transformara en su cabeza en una realidad cercana. Gaboto lo incorporó a sus huestes y juntos surcaron el río que los indios llamaron Paraná y que los europeos, a falta de mejor nombre, decidieron aprender a nombrar. En la confluencia con el Carcarañá fundaron el Fuerte Sancti Spiritu, una de las primeras poblaciones españolas en tierras argentinas.

Pero Gaboto tenía la idea fija y no tenía tiempo para andar poniendo placas recordatorias. Dejó en el fuerte a 30 hombres fuertemente armados en homenaje a la lección aprendida desde Solís, y partió en busca del Rey Blanco. Carlos V seguía esperando alguna noticia sobre las Molucas. Se impacientó y mandó a averiguar qué le había pasado a Gaboto.

La expedición estaba al mando de Diego García, antiguo compañero de Solís, y llegó a estas playas en noviembre de 1527. El mundo era aún más chico entonces y a los pocos días se encontró con Gaboto. Se produjo una feroz pelea hasta que García entendió que le convenía bajar el copete y hacerse amigo de Don Sebastián a cambio de una participación en las ganancias, que total el emperador Carlos ni se enteraba. Rápidamente las Molucas quedaron para después y las dos expediciones unificadas comenzaron a navegar por el Río Paraguay hacia el Norte. Los de Sancti Spíritu se comportaban de acuerdo a lo esperado: por las dudas comenzaron a maltratar y a esclavizar a los habitantes originarios y estos al mando de los Caciques Siripo y Marangoré respondieron como correspondía a alguien que defiende lo suyo, atacando el fuerte del 2 de septiembre de 1529 hasta no dejar más que ruinas.
Muchos años después, el Capitán Monasterio, armero del ejército de Manuel Belgrano, bautizó a uno de sus cañones con el nombre del jefe guerrero Marangoré en homenaje a su heroica resistencia al invasor español.
Ingeniosamente y para demonizar a los indígenas, el cronista Ruy Díaz de Guzmán inventó el mito de Lucía Miranda, la bella esposa del oficial invasor Sebastián Hurtado, uno de los jefes de las razzias que partían a la caza del indio desde Sancti Spíritu. La leyenda, copiada de episodios similares de relatos y leyendas grecorromanas, cuenta que el “malvado cacique” Marangoré y su hermano Siripo atacaron el fuerte matando a todos sus ocupantes. Le perdonaron la vida a Lucía, a otras cinco mujeres y a los niños. Marangoré y su hermano Siripo se enamoraron perdidamente de Lucía. Hurtado, que no estaba en el momento del ataque, se dejó apresar para tratar de rescatar a su mujer y fue condenado a muerte. Siripo lo perdonó tras las súplicas de Lucía que le juraba que ya no deseaba a su marido. Pero a los pocos días la pareja de españoles fue sorprendida “in fraganti” y, según la leyenda, Lucía fue a parar a la hoguera y Hurtado fue lanceado.
El historiador Vicente Fidel López desmiente categóricamente la veracidad de la narración y lo califica de  “cuento, que ni por leyenda lo tenemos.” Lo cierto es que de Sancti Spiritu sólo quedaron cenizas y leyendas. Enterado Gaboto y García de lo sucedido se apresuraron a regresar, pero llegaron tarde... De los doscientos compañeros de Gaboto sólo veinte llegaron vivos a Sevilla el 22 de julio de 1530 y lograron difundir la noticia de que habían llegado hasta muy cerca de las tierras del rey blanco.
A poco de llegar, Gaboto y García comenzaron a pleitear entre ellos por los derechos sobre los nuevos territorios “descubiertos” y los derechos para armar una expedición que lo llevara a uno de los dos a las míticas tierras del Rey Blanco. Pero Gaboto fue acusado y condenado por un tribunal que lo encontró culpable de mala administración y lo deportó a Orán en el Norte de África donde pasó una temporada penosa hasta que llegó el perdón de Carlos V y su reincorporación al servicio imperial. En 1544, recordando los viejos tiempos cuando había estado a las órdenes del célebre Enrique VIII, decidió mudarse de corte, y se puso al servicio del nuevo rey de Inglaterra Eduardo VI. Concretó para sus nuevos amos la exploración del actual Canadá, de la Tierra del Labrador y Terranova y, como Presidente y Primer Consejero de la Compañía Real de los Mares del Norte y estableció las relaciones  comerciales entre Gran Bretaña y Rusia. Le llegó la muerte en 1557 y  dejó una notable colección de notas y de mapas que la Reina María Tudor entregó a su marido Felipe II de España.
 
Felipe Pigna
     

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