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Domingo, 17 de Diciembre de 2017

Niebla del Riachuelo

Por Felipe Pigna

La niebla desconcierta, inhibe y es un tema de conversación que sobrevive a su disipación. Aquella mañana de invierno otra vez la niebla se había adueñado de Buenos Aires y aquel vagón sucio ya venía atestado desde su salida en Temperley y se siguió llenando desafiando todas las leyes de la física y violando todas las leyes que “protegen” a los usuarios de los medios de transporte público. El tema entre muchos de los sufridos pasajeros era el inminente debut de la selección nacional en el próximo campeonato mundial de Uruguay y los crecientes rumores de un golpe de Estado que terminaría con el gobierno del “peludoYrigoyen. Aquel desvencijado interno 75 de la línea 105 de Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur había salido a las 5 de la mañana de aquel 12 de julio de 1930. Era el popularmente llamado “tranvía obrero”, allí iban hombres, mujeres y también muchos niños que oficiaban de aprendices haciendo las peores tareas en talleres y frigoríficos. Por aquel Riachuelo que ya por entonces era el desagüe de todos los desperdicios de la industria que lo rodeaban y que le daban su clásico aspecto denso y negro, venía cansinamente la chata petrolera “Itaca II” que con sus sirenas le avisaba al encargado del puente levadizo, el español Manuel José Rodríguez de 68 años, que vaya levantándolo para darle paso. El hombre hizo lo de siempre, encendió las luces de peligro para evitar que algún tranvía intentara cruzar en ese momento y puso en marcha el mecanismo para que el puente comenzara a elevarse. Al frente del tranvía venía su “motorman”, un italiano de 31 años llamado Juan Vescio.

Habían pasado unos pocos minutos de las seis cuando el tranvía cruzó la última curva, aquella que les avisaba a los pasajeros que viajaban de memoria que estaban a punto de cruzar el puente sobre el Riachuelo. El encargado del puente que estaba por cobrar una efímera notoriedad recordará: “En ese momento me pareció escuchar el ruido de un tranvía y sentí un sudor frío. Me asomé por la ventana de mi garita y vi, entre la niebla, las luces de las ventanillas de un vehículo que acababa de entrar al puente. Medio desesperado, empecé a gritar para que el motorman me escuchara, pero fue inútil. Era el tranvía 105, que venía muy ligero. El conductor no podía escucharme; creo que tampoco tenía tiempo ya de frenar. Pasó debajo mío como una tromba y lo vi caer al vacío en forma espectacular, hasta que se hundió completamente en el río; en ese momento se apagaron los chirridos de las ruedas y se sintió claramente el ruido del impacto con el agua. Después todo fue silencio. Un silencio aterrador. Bajé de la garita y me encontré con otras personas que también habían presenciado la escena y empezamos a planear el auxilio, a pensar cómo diablos podríamos sacar a esa gente de allí dentro”.

De los 60 pasajeros sólo sobrevivieron cuatro: Remigio Benadasi, José Hohe, Buenaventura Arlia, y Gabina Carrera.
El país se paralizó y comenzó la búsqueda de culpables. Muchos apuntaron al joven motorman Vescio acusándolo de impericia, pero el juez de la causa el Juez Miguel L. Jantus determinó que se trató de una falla mecánica debida a que el comando que accionaba el freno encontraba defectuoso debido al desgaste producido por el uso. El fallo confirmaba que Vescio era una víctima más del sistema, que dejaba cuatro hijos y a su viuda embarazada. La responsabilidad era compartida: absoluta negligencia de la empresa propietaria que no tenía entre sus hábitos el control mecánico de sus unidades destinadas a simples obreros, y ausencia absoluta de control por parte de un Estado ausente.
Las riberas del Riachuelo se llenaron de curiosos y cronistas de todos los medios. A todos los conmovió profundamente la noticia que entre los muertos había un obrerito, un niño trabajador. Entre los que se dolían había uno de los hombres de Crítica que buscaba responsables más allá de los visible, de lo evidente, qué se preguntaba por qué tenía que estar allí ese niño, porqué este pibe, como tantos otros, tenía que salir a trabajar a las cinco de la mañana. En nombre de muchos, aquel entrañable Raúl González Tuñón escribió en la quinta edición de Crítica de aquel 13 de julio de 1930: “Uno de los cadáveres extraídos era el de un chiquilín como de 14 años de edad. Obrerito joven, la muerte lo sorprendió tiritando de frío en un rincón del tranvía. Nadie lo reconoció en el momento de ser sacado de las aguas. ¡Quién sabe si ese chiquilín no tiene más familia que una abuelita vieja, a la que debe mantener con sus pobres jornales! Cuando levantaron ese cuerpecito liviano, llamó la atención lo abultado de uno de los bolsillos de su saco. Ese bulto resultó ser un sándwich. Un pan francés abierto en dos, llevando adentro una milanesa, seguramente sobre de la comida del día anterior. Esa sándwich era el único almuerzo de la infeliz criatura. Cuando se lo sacaron del bolsillo, ese sándwich, último sándwich de quién sabe cuántas jornadas de hambre, tuvo el prestigio de arrancar más de una lágrima”.
 
Felipe Pigna
     

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