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Domingo, 23 de Julio de 2017

Los últimos años de un notable exiliado

Felipe Pigna, nuestro especialista en Historia
Felipe Pigna, nuestro especialista en Historia

El general que había liberado medio continente, vivía en su exilio europeo de la renta que le producía el alquiler de una casa en Buenos Aires y de la solidaridad de algunos amigos como el banquero Alejandro Aguado, quien lo ayudó a comprar una casa en Grand Bourg a siete kilómetros de París y le aseguró una vejez tranquila cediéndole parte de su fortuna, según lo cuenta San Martín: “Esta generosidad se ha extendido hasta después de su muerte, poniéndome a cubierto de la indigencia en lo porvenir”. Hacía tiempo que los gobiernos de Argentina, Chile y Perú no le pagaban puntualmente sus pensiones.

Así describía San Martín su vida en Francia: “Paso, en la opinión de estas gentes, por un verdadero cuáquero; no veo ni trato a persona viviente. Ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi pequeño taller de carpintería; por la tarde salgo a paseo, y en las noches, en la lectura de algunos libros y papeles públicos; he aquí mi vida. Usted dirá que soy feliz; sí, mi amigo, verdaderamente lo soy. A pesar de esto ¿creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? Y, ¿sabe usted cuál es? El no estar en Mendoza. Prefiero la vida que hacía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa”.

Benjamín Vicuña Mackena cuenta que el viejo general “se levantaba al alba. Siendo argentino, el general no hacía uso del mate en Europa, más por una ingeniosa transacción con sus viejos hábitos se servía el té o el café en aquel utensilio y lo bebía con la bombilla de caña. La gran ocupación de San Martín era la lectura y sus libros favoritos pertenecían a la escuela filosófica del siglo XVIII, en cuyas ideas se había formado”.

El general seguía leyendo a Rousseau y a Voltaire, de quien prefería su “Enciclopedia filosófica” que había recomprado tras la donación de todos sus libros a la Biblioteca de Lima aquella que tuvo el gusto de fundar estampando su famosa frase: “Los días de estreno de los establecimientos de ilustración, son tan luctuosos para los tiranos como plausibles a los amantes de la libertad.”.

Por momento cada tanto repasaba la carta que le había escrito al oriental Fructuoso Rivera, en la que respondía la pregunta que muchos argentinos de ayer y de hoy se hacían y se hacen: por qué no volvió el Libertador a la Argentina. Es necesario recordar que el general volvió a prestar sus servicios al país en las postrimerías de la guerra con el Brasil, pero al llegar se encontró con el dramático fusilamiento de su apreciado Dorrego a manos de Lavalle, dos oficiales del Ejército Libertador. Fue entonces cuando escribió aquella memorable carta: “Dos son las principales causas que me han decidido a privarme del consuelo de por ahora estar en mi patria: la primera, no mandar; la segunda, la convicción de no poder habitar mi país, como particular, en tiempos de convulsión, sin mezclarme en divisiones [...].Firme e inalterable en mi resolución de no mandar jamás. Si éste cree, algún día, que como soldado le puedo ser útil en una guerra extranjera (nunca contra mis compatriotas), yo le serviré con la lealtad que siempre lo he hecho”.

Juan Bautista Alberdi, que lo visitó el 14 de septiembre de 1843, lo notó por momentos melancólico y no podía terminar de creer la ingratitud de la clase dirigente de su patria para con el que llamaban su padre: “El general San Martín habla a menudo de la América, en sus conversaciones íntimas, con el más animado placer: hombres, sucesos, escenas públicas y personales, todo lo recuerda con admirable exactitud. ¿Será posible que sus adioses de 1829 hayan de ser los últimos que deba dirigir a la América, el país de su cuna y de sus grandes hazañas?”.

El general dispuso en su testamento que el sable que lo acompañó en todas sus campañas fuese entregado a don Juan Manuel de Rosas, por la satisfacción que tuvo “como argentino, por la firmeza con que aquel general sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.” Mantuvo una interesante y fluida correspondencia con don Juan Manuel a quien elogió reiteradamente por la decisión con la que manejó la política exterior y porque según le decía: “Ahora los gringos sabrán que los criollos no somos empanadas que se comen así nomás sin ningún trabajo.”.

Los unitarios nunca le perdonarán estas palabras y su cláusula testamentaria. Así se quejaba Valentín Alsina en una carta a su amigo Félix Frías: “Como militar fue intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado de los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles, contra el extranjero. Era de los que en la causa da América no ven más que la independencia del extranjero, sin importársele nada de la libertad y sus consecuencias. Nos ha dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego, su, espada”.

El apoyo de San Martín a Rosas en su política exterior no lo convertía en rosista, como lo demuestra la carta a su amigo Gregorio Gómez: “Tú conoces mis sentimientos y por consiguiente yo no puedo aprobar la conducta del general Rosas cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados de nuestro país; por otra parte el asesinato del doctor Maza me convence que el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia. A pesar de esto, yo no aprobaré jamás el que ningún hijo del país se una a una nación extranjera para humillar a su patria”.

El general era sobre todo un patriota y se refería en el último párrafo de su carta, sin demasiados eufemismos, a “los hijos del país” como Florencio Varela y Juan Lavalle que aprobaban desde Montevideo la invasión francesa contra nuestro país para terminar con el gobierno de Rosas.

También criticó la política religiosa de Rosas que incluyó el reestablecimiento de las relaciones con el Vaticano, rotas en 1810. Le decía el “santo de la espada” en una carta a su amigo y por entonces ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, Tomás Guido: “¿Están en su sana razón los representantes de la provincia para mandar entablar relaciones con la Corte de Roma en las actuales circunstancias? Yo creía que mi malhadado país no tenía que lidiar más que con los partidos, pero desgraciadamente veo que existe el del fanatismo, que no es un mal pequeño [...]. ¿Negociar con Roma? Dejen de amortizar el papel moneda y remitan un millón de pesos y conseguirán lo que quieran”.

Aquel 17 de agosto de 1850 amaneció nublado en Boulogne-sur-Mer. El general desayunó frugalmente y como siempre le pidió a Mercedes que le leyera los diarios. Tras el almuerzo sintió unos fuertes dolores de estómago. Fue llevado a su cama donde murió aproximadamente a las tres de la tarde.

En su testamento había prohibido que se le hiciera tipo alguno de funeral u homenaje. Sólo quería que su corazón descansara en Buenos Aires. Pero ya se sabe: en la Argentina los trámites son lentos y hubo que esperar treinta años para que se cumpliera la última voluntad del Libertador. Ocurrió el 28 de mayo de 1880, cuando el presidente Avellaneda y el ex presidente Sarmiento recibieron finalmente los restos del Libertador.
La demora injustificable quizás tuvo que ver con que a los poderosos de entonces, a los antihéroes, los perseguía la frase de don José: “En el último rincón de la tierra en que me halle estaré pronto a luchar por la libertad”.
 
 
 
 
 
Felipe Pigna
     

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