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Jueves, 21 de Setiembre de 2017

Los incómodos vicepresidentes

Por Felipe Pigna

Las sociedades no se hacen frecuentemente algunas preguntas hasta que la coyuntura lo demanda. Una de ellas podría ser, ¿qué lugar han ocupado en la historia argentina los vice-presidentes de la Nación? En un régimen tan presidencialista como el nuestro, no ha sido precisamente un sitial destacado y en los casos particulares en los que lo fue tuvo que ver con una de las pocas atribuciones que le otorga el artículo 75 de nuestra Constitución, la de reemplazar al titular del ejecutivo.

La mayoría de los vice presidentes fueron abogados, aunque los hubo ingenieros, docentes, licenciados en historia, militares y un ama de casa. El que durante más tiempo ejerció el cargo en nombre del presidente fue Marcos Paz, quien debió reemplazar a Mitre durante más de dos años mientras estaba al frente del ejército aliado en la Guerra del Paraguay, aquella guerra que se llevaría entre muchos otros al propio hijo de Paz y al de Sarmiento.
Carlos Pellegrini se hizo notar durante la crisis de 1890 y debió reemplazar al renunciado presidente Juárez Celman, aquel que había declarado “consultar al pueblo siempre es errar”, tras la Revolución del Parque de aquel año. Pellegrini, que pasó a la historia como el piloto de tormentas, completó el período baja la mirada acompañante pero siempre peligrosa del zorro Roca, que junto a su ahora aliado Mitre, armó la fórmula Luis Sáenz PeñaJosé Evaristo Uriburu. Sáenz Peña terminaría renunciando en medio de una crisis económica y de su negativa a suscribir contratos millonarios vinculados a ferrocarriles y a comprar de armas frente a la “inminente” guerra con Chile. Asumió el vice Uriburu, quien sobre todo se dedicó a avalar la escalada belicista que volvía a poner en primer plano al general Roca que será electo por segunda vez, fraude mediante, en 1898.
En mayo de 1906 José Figueroa Alcorta pudo ocupar la presidencia al morir Manuel Quintana, reprimir la huelga de Inquilinos y la Semana Roja de 1909 y presidir la celebración del Primer Centenario, mientras le preparaba el camino a la presidencia a Roque Sáenz Peña para que concretara la Reforma electoral en la que ambos habían trabajado. Sáenz Peña morirá en agosto de 1914 dejándole a Victorino de la Plaza dos pesadas herencias: la continuidad de la Ley electoral y el mantenimiento de la neutralidad argentina durante la Primera Guerra Mundial.
Un caso curioso se dio durante la segunda elección de Yrigoyen en 1928 cuando el candidato electo a vice-presidente, Francisco Beiró falleció antes de asumir. Se convocó nuevamente al colegio electoral que eligió a Enrique Martínez.
Un vicepresidente bastante protagónico fue Julio A. Roca, el hijo del “conquistador” del desierto, quien al firmar el polémico Pacto Roca-Runcimann en mayo de 1933, dejó para la historia la frase: “la Argentina por su interdependencia económica, una parte integrante del Imperio británico”. Presidió en el Senado la polémica de las carnes que protagonizó don Lisandro de La Torre y asistió casi impasible al asesinato del notable legislador santafecino electo Enzo Bordabehere.
El conservador Ramón Castillo tuvo que reemplazar al radical alvearista Roberto Ortíz, dando por tierra con la política de apertura y combate del fraude electoral que había desarrollado el presidente electo, pero manteniendo a rajatabla la neutralidad argentina ahora frente a la Segunda Guerra Mundial.
Quizás el más enérgico y ejecutivo de los vice-presidentes de la Nación haya sido Juan Domingo Perón que tras el reemplazo del general Pedro Pablo Ramírez por su colega Edelmiro J. Farrell, asumirá junto a sus cargos de Ministro de Guerra y Secretaría de trabajo y previsión, la vice-presidencia de la Nación. Se convirtió en pocos meses en el hombre más poderoso del gobierno, lo que junto al impulso de una política social innovadora, lo convirtieron el centro de las críticas y las conspiraciones de la oposición empresaria, diplomática y política. Una de ellas logró, tras los hechos de octubre de 1945, a la vez deponerlo y, como efecto no deseado, catapultarlo a la presidencia por la vía electoral en febrero de 1946.
La elección del compañero de fórmula de Perón para su segunda presidencia, reelección para la que quedó habilitado tras la reforma constitucional de 1949, generó un gran revuelo nacional, al proponer la CGT la candidatura de Evita. La idea de promover la fórmula Perón-Eva Perón sabiendo que no llegaría a feliz término por la férrea oposición de todos los factores de poder, le servía a Perón para obturar el segundo término del binomio, un lugar conflictivo que parecía ocupado indiscutiblemente por su mujer y que le permitiría, tras el “renunciamiento”, presentar el hecho consumado de la postulación del veterano e inofensivo Hortensio Quijano. La postulación del viejo radical antipersonalista y vice-presidente decorativo en ejercicio, desmentía a quien quisiera verlo la versión de que Evita no sería candidata por razones de salud, ya que don Hortensio padecía un cáncer tan fulminante que no lo dejaría llegar vivo para asumir su cargo. Murió el 3 de abril de 1952, dos meses antes de que Perón asumiera, sin vice, la presidencia.
En 1954 Perón aprovechó las elecciones legislativas de abril para convocar a la elección del vicepresidente. Fue electo Alberto Teisaire y resultó segundo el radical Crisólogo Larralde.
Un caso de vice con peso propio fue el del Almirante Rojas que debutó como el segundo de Lonardi en la “Revolución Libertadora”, conspiró contra el general y permaneció en su cargo con Aramburu a quien acompañó hasta el final de la experiencia golpista acompañando los fusilamientos del 9 de junio de 1956.
El vicepresidente de Frondizi, Alejandro Gómez, renunció en 1958 a los seis meses de asumir envuelto en denuncias de conspiraciones contra el presidente y al grito de “a mí por qué me miran”. Illia tuvo una relación aceptable con Humberto Perette. Ni Onganía, ni Levingstone ni Lanusse, como hombres de facto que eran, no tuvieron vice-presidentes, ni parlamento, ni tantas cosas.
A mediados de 1973, ante la renuncia del vicepresidente Cámpora y del Vice Solano Lima, debió asumir el presidente provisional del Senado Alejandro Díaz Bialet, pero una maniobra de los lopezrreguistas lo ubicó en un imaginario viaje urgente a Europa y logró sentar en el sillón presidencial al yerno del brujo, Raúl Lastiri.
En 1974, la muerte de Perón dejó un vació probablemente imposible de llenar, que ocupó Isabel Perón, bajo el estricto control y en la obediencia a lar órdenes del jefe de la Triple A y secretario de la presidencia.
El último episodio que podríamos considerar histórico a destacar de esta vertiginosa historia la protagonizó Carlos Chacho Alvarez, presidente de un Senado que utilizaba la “banelco” para comprar voluntades que tuvieran la voluntad de terminar con los últimos vestigios de derechos laborales sobrevivientes del huracán menemista, hasta que renunció asqueado por los manejos de un gobierno que venía a terminar con la corrupción y a instalar el trabajo, la justicia y la dignidad. El presidente lejos de tomar cuenta del episodio, apretó el acelerador hacia la profundización de un modelo de exclusión y corrupción al que regresaban los muertos vivos, muy vivos. El último capítulo se estuvo y se está escribiendo en estos años.
 
Felipe Pigna
     

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