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Viernes, 24 de Noviembre de 2017

Entre lobos y caperucitas

Por Soledad Echagüe, socia fundadora de Brücke Comunicación

Soledad Echagüe
Soledad Echagüe

Que el gabinete de Mauricio Macri está plagado de funcionarios llegados a la política desde el ambiente empresario es noticia vieja. Pero, junto con los ejecutivos, llegaron a los pasillos de los ministerios los prejuicios. La demonización del hombre de empresa, al que se ve como poco menos que el Darth Vader de la acción social, es parte del discurso de los flamantes opositores.

Hay en el imaginario popular una grieta mucho más amplia que la que separa a progresistas de liberales -o más bien hay otra expresión de esa misma diferencia-, que divide a la clase política del sector empresario. La primera es, siempre dentro de la desbocada imaginación de esa masa anónima a la que se tiende a llamar "la gente", un séquito de Caperucitas Rojas que solo quieren el bien de la pobre abuelita a la que van a llevarle el alimento. El segundo es, en cambio, una jauría de Lobos Feroces ávidos de devorar todo a su paso, que solo piensan en su propio beneficio sin medir consecuencias.

La misma Cristina Fernández de Kirchner, a pocos días de dejar el poder, condenó al mandato macrista, que aún no había comenzado, con un lapidario "esto no es una empresa", poniéndole la firma al preconcepto de que el empresariado es frío y carece de visión social.

Negar la distancia entre gestión empresaria y servicio público sería negar la realidad misma. Sin embargo, la compatibilidad está al alcance de la mano.

La gestión empresaria busca -está en su esencia- el lucro. Esto implica un manejo afilado de las relaciones entre costos y beneficios que no tiende a incluir factores sociales o personales en la ecuación. El servicio público, en cambio, busca amortiguar impactos sociales negativos y proteger a ciertos sectores de los avatares de modelos económicos abiertos. Así, el estado busca ser eficiente a nivel social, aún en detrimento de la eficacia financiera.

Pero lo cierto es que, como casi todo en el mundo real, nadie es ni tan Caperucita ni tan Lobo Feroz en este cuento, y que la incorporación de gente de negocios -y de su cosmovisión- al gobierno puede resultar beneficiosa. Será un camino plagado de desafíos, pero puede hacerse.

Para el caso, Mauricio Macri no está inventando la pólvora o descubriendo la fusión en frío. Hay un largo historial de empresarios gobernantes. Entre el 2010 y el 2014, por caso, Sebastián Piñera apuntó a plagar su gabinete de gente con experiencia corporativa. Su canciller, Alfredo Moreno, había sido director de Falabella. Magdalena Matte, Ministra de vivienda y urbanismo, llegaba desde la industria papelera; mientras que el ministro de economía Felipe Larraín desembarcaba en el gobierno tras dirigir el Grupo Angelini.

En una gestión marcada por tragedias sucesivas -incluyendo erupciones volcánicas, tsunamis y 33 mineros sepultados vivos, que fueron rescatados en un operativo por cierto cinematográfico- Piñera hizo, sin embargo, un gobierno prolijo y ordenado. Nunca conectó con "su audiencia" como lo hiciera Michele Bachelet; nunca fue popular y querido, pero sí eficiente.

Los ejemplos continúan. Michael Bloomberg, empresario de medios, fue alcalde de New York por tres períodos consecutivos. Y, aunque muchos analistas políticos coinciden en que sus logros al frente de la alcaldía de la Gran Manzana fueron muy inferiores en magnitud y trascendencia con sus logros empresarios, el pueblo neoyorquino lo votó tres veces, inclusive tras haber tenido en su ciudad a un líder carismático y de una personalidad arrolladora como lo fue Rudolph Giuliani. Otro caso norteamericano: Jon Corzine, ex presidente del directorio de Goldman Sachs, fue senador por el estado de New Jersey durante dos períodos y luego elegido gobernador.

La última elección en Guatemala, que llegó a las urnas con un fuerte descreimiento en la clase dirigente -con presidente y vice renunciados y presos por corrupción- vivió la postulación de media docena de empresarios. Claro que el síndrome de "que se vayan todos" en ese país fue tan fuerte que acabaron votando a Jimmy Morales, un cómico de la televisión sin mayor experiencia ni en la arena política ni en la gestión. Entre Caperucita y el Lobo, votaron más bien a la Abuelita.

La habilidad para liderar de los hombres de empresa es, sin lugar a dudas, una ventaja competitiva a la hora de ocupar un cargo en el gobierno. Sin embargo, administrar el estado presenta sus propios desafíos. Aún cuando jugar en las ligas mayores del empresariado implica que las cosas no son nunca fáciles, son pocos los hombres de negocios que están expuestos en forma constante al asedio de la prensa, al escrutinio público o a las dificultades que implica lidiar con grupos de poder; con intereses que exceden las reglas de juego netamente comerciales.

Una parte importante de la militancia kirchnerista fogoneó la idea, durante los últimos tiempos de la campaña electoral, de que una victoria macrista implicaría un regreso a lo peor de la década del '90. Tantos CEOs a cargo de ministerios no hizo más que avivar esa llama: Carlos Menem nombró varios funcionarios ligados al mundo corporativo y es muy poca la gente que tiene buenos recuerdos de cómo terminó aquella década. Sin embargo, los empresarios del menemismo son bastante diferentes de los actuales. Hace un cuarto de siglo, nadie hablaba de responsabilidad social corporativa. Hoy es parte de la cultura de cualquier empresa razonablemente digna. El empresario del siglo veintiuno sabe que su compañía está insertada en una comunidad y que, aún tras el afán de productividad y lucro, no puede permitirse el lujo de olvidarse de la gente. Los empresarios que hoy llegan al poder están mejor preparados.

El nuevo gobierno se ha enfocado en reclutar gente con experiencia de gestión y cuadros técnicos altamente capacitados. Gente con fuerte orientación al número, al resultado. Esto plantea entonces el enorme desafío de no perder de la mirada social. Una de las formas de lograrlo es matizar este gabinete con un puñado de cuadros políticos que tengan más claras cuáles son las grandes demandas sociales del país. La otra es capacitarlos. Al fin y al cabo, cuando se ingresa a una nueva compañía, capacitarse en sus prácticas y sus necesidades es algo usual. A nadie se le caen los anillos ni los títulos nobiliarios por tener que ponerse a estudiar cómo se resuelve el nuevo rompecabezas de su carrera.

La imagen más tradicional del empresario gélido va en detrimento de la construcción que el macrismo tanto se ha esforzado en lograr, humanizándose, acercándose a la gente. Ahora, les tocará demostrar además que pueden concientizar a sus cuadros para que pongan el foco en que, más allá del resultado frío, está la gente, y que pueden atender las demandas de una sociedad que no siempre responde a la lógica del mundo de los negocios.

¿Pueden lograrlo? Por supuesto.


*Soledad Echagüe se desempeñó durante 20 años en el área de asuntos públicos y comunicaciones de The Dow Chemical Company donde desarrolló una vasta experiencia en temas de licencia social. Hoy dirige Brücke Comunicación, consultora especializada en asesorar a empresas con planes de expansión o de inversión a relacionarse de modo efectivo con las comunidades en las que operan de modo de garantizarse su licencia para operar en ese territorio. soledad@bruckecomunicacion.com.

     

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