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Domingo, 23 de Julio de 2017

El día de la Industria

Por Felipe Pigna

Aquel 2 de septiembre de 1587 zarpó del fondeadero del Riachuelo, que hacía las veces de puerto de Buenos Aires, la carabela San Antonio al mando de un tal Antonio Pereyra con rumbo al Brasil. La nave llevaba en sus bodegas un cargamento fletado por el obispo del Tucumán, Fray Francisco de Vitoria. Eran tejidos y sacos de harina producidos en la por entonces próspera y productiva Santiago del Estero. Pero, entre las bolsas de harina, según denunció el gobernador de Tucumán de entonces, integraban el embarque barras de plata provenientes del Potosí, cuya venta debía ser autorizada por el gobernador ya que estaba regulada por una Real Cédula. Además de poder afirmar que la “primera exportación argentina” encubría un acto de comercio ilegal, es cuestionable el concepto de “exportación” ya que desde 1580 los reinos de España y Portugal y sus respectivos dominios coloniales estaban unidos bajo la corona de Felipe II.

Las cosas comenzaron a complicarse para Vitoria cuando en 1586 Juan Ramírez de Velazco fue nombrado gobernador de Tucumán. Una de sus primeras medidas fue condenar y denunciar el comercio practicado sistemáticamente por el Obispo, pero los miembros de la Audiencia, que estaban en el negocio, parecían no “oír” sus reclamos. Ramírez de Velazco, comenzó haciendo justicia con el entorno del Obispo. A su colaborador García de Jara que había matado 11 indios y realizado unos nueve estupros sobre pequeñas indias de las que murieron seis, mandó que le cortasen la lengua y la clavaran en un madero y lo que quedaba de él, que lo colgaran “hasta que muriera de muerte natural”.

La “nave del Día de la Industria” emprendió su regreso con ciento veinte pasajeros involuntarios (esclavos negros, destinados a las minas de Potosí, y varias decenas de campanas y cacerolas), pero fue abordado por el pirata inglés Thomas Cavendish y sus hombres. Al pirata, poco afecto a los rezos y sermones, no lo amedrentó la presencia del obispo, y se robó el barco con toda la mercadería y la mitad de los esclavos.

Al año siguiente Vitoria pudo rehacerse económicamente y fletar un navío propio llevando unos 45 mil pesos en plata. Pero los tomo un temporal muy fuerte y “dieron al través de la otra banda del río” –como informaba el gobernador del Tucumán en diciembre de 1588- donde los náufragos enterraron la plata y anduvieron prófugos de los indios, hasta que los salvó una expedición salida de Buenos Aires. El obispo rescató 15 mil pesos que tenían los naturales, según el gobernador porque “Dios no miró las ofensas que le ha hecho su desenfrenada lengua”. Pero se ve que el Todopoderoso se arrepintió porque en Buenos Aires el gobernador Torres de Navarrete, amigo de lo ajeno y del dicho español de los 100 años de perdón, se echó sobre la plata y le tomo 5 mil pesos y el resto lo repartió entre los vecinos, con lo cual Vitoria y su gente tuvieron que volverse al Tucumán caminando.

Todos estos episodios culminaron con la separación del obispo de su diócesis. Pero lo que nunca imaginó el Obispo Francisco de Vitoria es que su acto se transformaría en todo una alegoría de la Argentina contemporánea y que el calendario oficial le asignara un espacio destacado en sus caprichosas efemérides en el lugar que le corresponde sin duda a los argentinos que pensaron y lucharon verdaderamente por el desarrollo de la industria nacional como Manuel Belgrano quien dijo: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse, y ponen todo su empeño en conseguir, no sólo darles nueva forma, sino aun atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo. Y después venderlas”. No estaría mal que celebremos entonces el 3 de junio, día del nacimiento de nuestro primer y entusiasta industrialista, Manuel Belgrano, como el Día de la Industria y dejemos de homenajear a esta actividad fundamental del quehacer nacional conmemorando un acto de comercio ilegal.

 
Felipe Pigna
     

Tags: Palabra Autorizada Felipe Pigna Día de la Industria Historia Argentina