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Domingo, 19 de Noviembre de 2017

Camino a ser una de las mejores carreras del mundo

Medalla
Medalla

No me lo dijo abiertamente Sebastián Tagle, pero estoy seguro que se puso como objetivo supremo que El Cruce Columbia se convierta en una de las carreras más aspiracionales y top en servicios del mundo. Razones tiene: hoy está entre las 50 más importantes para Runner’s World, la Biblia de los corredores.

No me lo dijo abiertamente aunque tengamos una excelente relación, pero se le nota en la cara, en los gestos y en la dedicación que le pone a su travesía que este domingo llegó a 15 años.

Algunos todavía hoy están desarmando las carpas de circo para los almuerzos en los dos camps en el medio de la montaña. Quizás queden algunos tornillos para aflojar del escenario enclavado en el centro de San Martín de los Andes, con fondo del Lacar. Algunos de los 800 que trabajaron para el Cruce estarán recuperándose de varias semanas de “paliza”, el equipo de prensa está haciendo el clipping (sumarán tal vez este relato) y los que hacen la página del Club de Corredores seguirán subiendo fotos, ajustando resultados, recogiendo opiniones de los agradecidos y de los Curuchetos (como diría mi trainer Raúl Amil) que se quejan de todo y de todos, los que miran la paja en el ajeno y no el tronco en su ojo.

Mientras pasa todo esto, estoy seguro que Tagle ya está diagramando el Cruce 2017.

Esta vez no haré un relato lacrimógeno, emocionante, que te haga vivir la carrera como yo la sentí.

Opté por ir a lo técnico para que vos sientas el mismo orgullo que yo de que se pueden hacer muy bien las cosas en la Argentina.

Imaginá la logística que implica llevar a 2700 monos y monas al medio de la cordillera. Que salgan de San Martín, que pasen por la Aduana de Hua-Hum (donde debe pasar esa misma cantidad de gente en todo un semestre), que te preparen vacío, cuadril, chori y fideos todos los mediodías y noches en una carpa circense, que el desayuno sea tan opulento como el de un Five Stars, pero entre rocas y malezas.

Cerrá los ojos y abrilos viendo un kit con un bolso en el que entra Costello, el amigo de Abbott, que adentro tiene la remera de carrera, un polar, una remera de segunda piel, un buff (gorrito multipropósito), Mogules, Dermaglos, Q-Soft, barritas, manta térmica y demás chiches.

Sorprendete cuando te ponen la medalla que, encima de ser el doble de grande y pesada que las tradicionales, ya tiene tu nombre grabado. Pensá que el Oasis que puso Gatorade en cada etapa era casi un snack-bar, que el recuperador de los de la “G” sabe a Cindor chocolatada, que podés comprar en el Proshop hasta la más mínima boludez que te olvidaste de los elementos obligatorios, o los que querés llevar en la mochi por las dudas.

Descubrí el grado de involucramiento del main sponsor, Columbia, que lookeó para la ocasión su local de la San Martín en San Martín, como podés ver en el clickbiz, presentado por Fujifilm.

¿Tiene sentido que te cuente si me cansé mucho, poquito o nada en el Cruce? ¿Vale la pena que te diga quién ganó en cada categoría? ¿Justifica tinta y papel virtual decirte que entrené apenas un mes y medio y llegué, gracias a la titánica cabeza que Dios me dio, a los consejos de mi nutricionista Patricia Torres, de mi médico Eduardo Esparza Iraola, a los amichis de TodoDeportivo.com que me proveyeron del inflador energético para llegar y de mi familia que me dio toda la polenta necesaria?

Merece, sí, que te cuente la estrategia del recorrido, para que percibas el grado de detalle de algo tan complejo.

Primera etapa bien larga, de 40K, para cuando todos veníamos cargados de bananas, isotónicas, barras y piernas frescas.

La segunda etapa fue de 28K, con un porcentaje generoso de coastering, que en sencillo es caminar por el borde del lago con agua hasta la cintura. Mejor remedio para cuádriceps y gemelos, imposible.

Y a la tercera etapa de 30K la podría dividir en dos. Los primeros 12 kilómetros fueron a puro power, destrozantes, durísimos o &%$%/&%$&%/&$·, como recordamos a toda la parentela de Tagle.

Solo un detalle “altimétrico”: en 2 kilómetros y medio, subimos ¡1200 metros!

Sí, como leíste, y encima “cantados” de frío por el viento que te hacía volar y viendo a las nubes debajo de nuestros pies (tengo fotos que lo demuestran).

Y para congraciarse con nosotros, el diseñador de la carrera la remató con 18 kilómetros de descenso muuuy amigables, por senderos espectaculares y paisajes soñados, que invitaba a decir “dónde firmo para la del año que viene”.

Lo mejor, el gran detalle, fue que en el punto más alto de la montaña, donde no alcanzaba pilcha para acobijarse, había dos violinistas recibiéndote con música clásica. Si querés llorar, llorá, como yo lo hice.

Sebastián Tagle tiene un sueño… que no me lo dijo abiertamente pero se le nota en la cara, en sus gestos, en su mirada. Quiere que El Cruce Columbia esté en el podio de las mejores carreras del mundo.

Hoy está entre las 50 y apuesto doble contra sencillo que lo va a lograr.


Claudio Destéfano

     

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