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Martes, 19 de Setiembre de 2017

América del Sur: ¿Qué queda luego del viento de cola?

Informe Económico de Invecq Consulting S.A.

Informe Económico
Informe Económico

Si se tomaran dos fotos de América Latina al día de hoy  y hace diez años, las diferencias  nos  invitarían a preguntarnos ¿Qué  sucedió?

El  continente  había  por aquellos  días  del  2005, o  de manera  más  general  del  período  2000-2007, virado hacia gobiernos democráticos —consolidados  en  mayor  o  menor  grado—, con  foco  en  la  distribución  de  ingresos,  la expansión  de  derechos  laborales,  la  ampliación  de  la  clase  media,  y  la  reducción de la pobreza. A lo largo y ancho  de  la región,  gobiernos  como  el  de  Néstor  Kirchner  en  Argentina,  Hugo  Chávez  en  Venezuela,  Lula  da  Silva  en  Brasil,  Michel Bachelet en Chile, entusiasmaban no solo a su población, sino también a los mercados internacionales y a los críticos más acérrimos.  Después  de  una  década  de  1980  signada  por  el estancamiento, la  deuda  y  la  descapitalización;  y de 1990 dominada   por   doctrinas   económicas que  dejaron a  algunos países en crisis sociales catastróficas, la  política macroeconómica  parecía  dar  señales  extremadamente  positivas  de  desendeudamiento, política fiscal  responsable, y  una dinámica del comercio exterior inédita, impulsada por la incorporación de China e India como demandantes mayoritarios de las materias primas producidas localmente.

La crisis financiera internacional de 2008 embistió contra un continente que había sabido acumular fuerzas para protegerse de  tales  shocks.  El  superávit  de  cuenta  corriente  de  los  países latinoamericanos  les  había  permitido  acumular  cantidades ingentes  de  reservas  internacionales,  suficientes  como  para  hacer  frente  a  la  fuga  de  capitales  masiva  impulsada  por  el pánico financiero, el vuelo a activos más seguros, y por las remesas de empresas multinacionales que intentaban soportar las pérdidas de las casas matrices.

A partir de ese momento, sin embargo, el escenario comenzó a inclinarse hacia nuevas condiciones, tanto domésticas como internacionales. Si observamos la foto latinoamericana del 2015, el escenario prometedor parece haberse desvanecido.

En términos de economía interna, las condiciones son marcadamente menos favorables. El saldo de cuenta corriente de la región  se  ha  vuelto  deficitario,  el  resultado  comercial  empequeñece,  las  exportaciones  de  la  región  se  han  estancado considerablemente,  los  gobiernos  vienen  profundizando —en  su  mayoría— déficits  fiscales de  gran  tamaño,  las  reservas internacionales  hace  tiempo  se  estancaron  y  ya  han  caído significativamente  en ciertos casos.  Algunos  países  están atravesando  no  solo  momentos  económicos  menos  alentadores,  sino  problemáticas  políticas  considerables;  el  caso  de Venezuela es paradigmático, con una sociedad dividida y enfrentada, y una democracia endeble desde diferentes ángulos;  pero  no  es  el  único,  la  explosión  mediática  de  la  corrupción  en  Brasil  es  sumamente  relevante  también, y  vulnera  en  la actualidad un plan de  estabilización  macroeconómica que muestra resultados  como mínimo dudosos.

Otros  países,  como Argentina,  pasan  por escenarios  políticos menos  tumultuosos  pero  igualmente  importantes;  en  este  país  en  particular, la victoria de la alianza Cambiemos,  que  pasará  a  gobernar  no  solo  la  Nación,  sino  las  dos  más  importantes  regiones  en términos electorales  —la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires—, con un fuerte apoyo electoral de otras dos provincias de gran  tamaño —Córdoba  y  Santa  Fe—, enfrentará una prueba importante  para  romper  grandes  mitos —como  la  histórica gobernación peronista de la Provincia —, y da señales de una vida democrática en evolución.

Sumado a las vicisitudes domésticas, el escenario internacional abandona el viento de cola. El crecimiento chino se desacelera mientras la potencia asiática intenta buscar su propia “normalidad”, la oferta de commodities supera records, y consecuentemente  los  precios  se deprimen. Europa da cada vez mayores señales de un estancamiento “a la japonesa”, mientras combate con sus propios conflictos internos —dígase dominancia alemana y vulnerabilidad de Grecia y del Euro—, y externos —refugiados de a millones, crisis humanitarias y falta de políticas comunes—.

La recuperación de Estados Unidos, por su parte, lleva a la Reserva  Federal  al aumento de tasas  de interés más anunciado  de  la historia, que  podría  con probabilidad suceder  en  diciembre, vulnerando las corrientes financieras de las que dependen los países emergentes.

La región ha  tenido  un  crecimiento importante  durante  la primera década y media de los 2000; pero, en las puertas de un  nuevo  ciclo  político,  ¿cuáles  serán  los logros registrados   en esta   década  de bonanza y boom de commodities?

¿Ha logrado  América  Latina  una  transformación estructural  que  la saque de  su  fuerte  dependencia  de  productos  primarios? ¿Cuáles  son  sus  perspectivas  frente  a  los cambios en el escenario global, donde parece menguar el desempeño de los “emergentes” y el crecimiento de EEUU vuelve a  acelerarse? En las  páginas siguientes,  tomamos  algunos datos  generales de la  macroeconomía  regional,  para  poner  en duda el devenir del boom latinoamericano de los 2000.

La importancia de los precios internacionales y los flujos de capitales

Las necesidades industriales de China —y en menor medida de India—, no se reflejaron de manera homogénea para toda América  Latina. Si  bien el gigante asiático pasó  a ocupar el  podio de los principales socios comerciales de la región, las relaciones comerciales son menos unívocas de lo que podría creerse a primera vista.

Por  un  lado, Chile se benefició de una espectacular  suba  del precio del cobre —que  representa  un  30%  de  sus exportaciones—, y de los metales en general —que representan más de la mitad de sus ventas al exterior—, cuyo índice se multiplicó en 2011 por 4 con respecto a los valores del 2000, manteniendo en promedio valores 300% más elevados.

Otros países, en donde las exportaciones de combustible son las más significativas, como Ecuador y Venezuela, vieron un boom  de  precios  aun  mayor.  Según  el  índice  de  precios  de  la  energía  del  Fondo  Monetario  Internacional,  los  valores  se multiplicaron por 5 durante el pico de 2008, y se mantuvo entre 2011 y 2014 un 400% más elevado que en el año 2000.

El impacto en términos de riqueza de este fenómeno difícilmente encuentra parangón en la historia económica regional, y para estos  países  en  particular. Para Venezuela,  por  ejemplo,  el  ingreso  por  exportaciones  de  petróleo  crudo —es  decir, la materia prima sin procesar, apenas extraída —representa el 90% de sus exportaciones, mientras tanto como el 97% de las ventas  incluyen también  sus  derivados.

En este país, la irrupción de China ha sido determinante  en  esta  evolución  de precios, especialmente dada la situación  geopolítica  de  la  industria —La empresa  PDVSA  es  monopólica y de propiedad nacional,  bajo  mandamiento  constitucional—,  que ha tendido a quebrar  las relaciones con  Estados Unidos,  que de representar el 55% de las exportaciones venezolanas en 1995, ha pasado a representar solo 30%. Asia en general, por el contrario, pasó de significar menos del 5%, a más de la mitad actualmente —dominado por Taiwán, India, y China. México, por otra parte, no es tan claramente un ganador neto del nuevo orden internación al de comercio. Este país presenta una enorme dependencia comercial de su vecino del norte, a donde vende más del 70% de sus exportaciones.

En su mayor parte, la producción que México destina a Estados Unidos corresponde a maquinaria y transporte, que se han deslocalizado debido  a los menores salarios pagados en  México.  En  este  sentido, China  ha presentado más una competencia que un aliado  comercial —solo logró  quitarle el puesto  a Japón como comprador  del  1% de las exportaciones mexicanas —Argentina  y  Brasil,  como Chile, muestran una  relación  con  China  más  “colonial”.

Una enorme proporción de este comercio representa  flujos  de materias  primas desde los   países  latinoamericanos a China, y flujos inversos de productos eléctricos, maquinarias, químicos y textiles.

El boom de precios, sin embargo, no  fue  tan beneficioso  como  para  Chile. Brasil  vende  45%  de  sus  exportaciones como productos  minerales,  y otro tanto similar en productos vegetales;  pero  en Argentina el comercio a China está más dominado  por la soja y  sus  derivados (60%).

En  Brasil,  mientras  las industrias del petróleo y metales vivieron un entusiasmo, las industrias de bienes masivos, como los textiles y la maquinaria, tuvieron que lidiar con mayores preocupaciones.

¿Qué  significó para la región estos  impulsos increíbles  en los términos de intercambio?

Fundamentalmente, un enorme impulso en  el  resultado comercial,  y por añadidura en  el  resultado de la cuenta  corriente. En el promedio  de  los  países mencionados, el superávit de cuenta corriente se mantuvo entre 2% y 4,5% del PIB en el período 2002-2007.

En los casos de aquellos países más beneficiados por el boom de precios, Chile y Venezuela,  el resultado fue aún mayor.

Dos excepciones  importantes  se  observan  en  el gráfico: México  y Venezuela.  En  el primer  caso,  el  impacto  del  precio de commodities fue mucho menor, y la inserción del país en los mercados financieros internacionales —sumado a una prima de riesgo país de menos  de  200  puntos—permitió  al  país  financiar un  déficit  persistente  en  la  cuenta corriente  a  tasas  de interés  históricamente  bajas.

El caso de Venezuela  es  quizás  el  anverso  de  este;  el  régimen  venezolano se apartó financieramente del mundo, y por tanto debió mantener superávits extremadamente elevados en la cuenta corriente.

La crisis financiera de 2008 puso algún freno en la evolución de las cuentas externas, afectando especialmente a aquellos países  que  estaban  integrados  financieramente  con  el  mundo,  Brasil,  Chile, y México. Argentina  y Venezuela  continuaron presentando  ahorro  nacional  hasta  el  2010, mientras  el  resto  de  los países mantuvo  un desahorro  a  través  de  la  cuenta corriente desde el 2008 mismo.

No es menor el papel que en esta dinámica presentaron los masivos ingresos de capitales en la región, y el caso de Brasil es  paradigmático.  El  líder  regional  alcanzó  a  recibir  un  ingreso  de  200  mil  millones  de  dólares  en  2007 —un  6,5%  de  su PIB—,  catapultando  una  explosión  en  la  demanda  agregada.  El  país  comenzó  a  acumular  reservas  internacionales  no durante el período de superávit de cuenta corriente como podría pensarse, sino desde que el ingreso de capitales se disparó en 2006-2007.

Brasil permitió a su moneda apreciarse significativamente gracias a esta masiva bonanza financiera, lo que influye directamente en el resultado comercial, incentivando las importaciones más que las exportaciones.

El resultado fue un aumento del consumo nacional, del salario en dólares, y de la acumulación de    activos    externos —reservas—financiado, en partepor  un  boom  de precios,  en  parte  por  la súper-liquidez internacional.

En mayor o menor medida, este fue el derrotero de  todos los países presentados. Argentina evitó la apreciación del peso  durante  el periodo 2002-2007 a través de la esterilización  de  la  política  monetaria —vendiendo letras del BCRA para quitar de circulación los pesos inyectados por la compra de divisas—, pero  la  aceleración inflacionaria  del 2007  dio  lugar  a  una  estratégica  anti-inflacionaria largamente testeada y fracasada, usando al tipo de cambio como ancla  nominal  de  precios.

El resultado fue el mismo que en Brasil pero sin ingresos masivos de capitales: un incentivo a las importaciones por sobre las exportaciones, aumentando el consumo nacional y el salario en dólares.

Mientras Brasil pudo financiar este proceso a través de capitales  internacionales  y continuar  acumulando  reservas, Argentina pudo permitirse un desahorro mucho menor —el déficit de cuenta corriente en términos de  PIB es la mitad que el de Brasil—,  financiado  con  reservas  internacionales contantes y sonantes.

Los resultados

Pero, si América  Latina  consumió  del  mundo  más  de  lo  que  le  vendió,  ¿qué  se  hizo  durante  la  bonanza y  con  el  ingente financiamiento externo?

Por una parte, los impuestos al comercio exterior lograron incrementar la recaudación fiscal en una magnitud importante. Desde el piso del 2001 hasta el pico de 2006, los ingresos fiscales promedios se incrementaron 5% del PIB en promedio.

Los países en donde el superávit fiscal fue más significativo son aquellos en donde el principal activo de exportación  es  propiedad  estatal —como  es  el  caso  del  cobre  en  Chile  y  del  petróleo  en  Venezuela—,  y  en  donde  una devaluación muy fuerte había hecho posible que el Tesoro capte parte de la distribución de ingresos —Argentina— La  crisis del  2008 es  un  buen  ejemplo  de lo   dependiente  que  es   la  recaudación fiscal  a  la  volatilidad  de    precios  y demandas  internacionales  de productos primarios.

En 2009 la recaudación promedio  se contrajo  4% del  PIB,  eliminando por completo el superávit fiscal de  estos  países. Desde  ese  momento,  el déficit ha tendido a pronunciarse en todos los  casos, aunque en diferentes magnitudes.

Chile  es el  país  con el resultado  más  equilibrado, -2%  del  PIB  al 2015, mientras México, Brasil, y Argentina se  ubican  en  la  zona  de  los -5%  del  PIB. Venezuela  muestra  un  excepcional -20% en  déficit   fiscal, reflejando problemas importantes.

La región  ha  acentuado  las políticas  redistributivas  durante  el último período,  en  un   intento  de  utilizar una política  fiscal  contracíclica para  hacer frente  a  la  desaceleración  del  crecimiento y de la demanda  internacional.

Los  países de Latinoamérica no  presentan  perfiles  de  deuda  preocupantes  como  en  la década del  80, ubicándose en  promedio en un  25% del  PIB,  de lo que  menos  de  un  tercio representa deuda  externa.

Sin embargo, la evolución del gasto se ha desacoplado de los ingresos del comercio exterior, que le marca un importante límite. La evolución de la inversión, por su parte, ha mostrado  un  incremento  modesto  hasta  el 2008, para caer a mínimos en 2015.

Durante todo   el   período,   la   tasa   de   inversión promedio  ha  oscilado  entre  20%  y  25%, lejos  de  las  grandes  cifras transformadoras en  China, en donde más de la mitad del producto  es  invertido. Esto  habla  más  bien de  un  boom  de  consumo  que  de  una  gran transformación  estructural.

Es  significativo observar  que  en  tal  sentido,  la  complejidad de las exportaciones latinoamericanas  ha más bien retrocedido. Excepto  algunas situaciones  particulares —como  la  industria del transporte  en Brasil y Argentina,  o  la mecánica  en México—,  la región    ha mantenido  su  característico rasgo de producción primaria.

Conclusión

Sin  grandes  transformaciones  estructurales  ¿Qué  puede  esperar  la  región  del  contexto  internacional  que  viene?

El desempeño  ha  sido  históricamente  positivo,  de  eso  no  hay  duda. Los  logros  pasan  desde  mantener  una  macroeconomía ordenada  por  un  período prolongado, que ayudó a enfrentar la crisis del 2008 de una manera  excepcional;  la  entrada de millones de pobres  a  las  clases  medias,  la recuperación  de  desastres  socioeconómicos,  y  grandes disminuciones  de  la desigualdad.

Sin embargo, estos mismos problemas —vale decir, la inestabilidad, la pobreza, y la desigualdad—continúan siendo patrimonio estructural de la región, pendientes de una solución definitiva.

Desde la dinámica global, los peligros para la región incluyen la desaceleración del crecimiento de China, perspectivas de estancamiento  en  los  precios  de  las materias  primas, un freno de  los  flujos  de capitales, y la política monetaria norteamericana.

No todos los países de la región son igualmente vulnerables a estos fenómenos, que pueden sintetizarse en un canal comercial y en otro financiero Brasil,  por  caso,  debe enfrentar  una  devaluación  del  real  y  una  contracción  del  ingreso  en  dólares,  producto  de  una dependencia prolongada a los flujos financieros internacionales, por lo que es particularmente sensible al canal financiero.

El país cuenta con la suficiente flexibilidad cambiaria como para hacer frente a la desaceleración de sus exportaciones, pero queda por ver qué tan vulnerable será a un aumento de tasas de interés en Estados Unidos, que podría acelerar la salida de capitales, o bien forzar al gobierno a continuar incrementando las tasas locales —lo que afecta el pago de intereses de la deuda pública, atada a la tasa Selic—.

Chile y Venezuela, dos países que son extremos opuestos en muchas variables, son los países en donde la volatilidad de los precios internacionales puede pegar más fuerte. Esto es especialmente cierto en Venezuela, en donde la dependencia del petróleo es enorme, y en donde la evolución de las cuentas públicas despiertan temores de default.

Argentina presenta una apreciación cambiaria muy fuerte que la hace vulnerable a la apreciación del dólar en términos de actividad y comercio exterior, pero hace tiempo se encuentra aislada financieramente del mundo, por lo que los impactos se  mantendrán  desde  el  canal  comercial.

Los  desafíos  financieros  del  país  pasarán,  especialmente  durante  la  transición presidencial,  por conseguir el financiamiento necesario que evite movimientos violentos del tipo de cambio, y que permita a la política monetaria implementar un plan anti-inflacionario eficaz.

El boom de commodities deja un saldo mixto en la región, con avances importantes, pero sin grandes transformaciones, que se  agotan  en  su  mayor  parte  en  un  boom  transitorio  de  consumo.  Con  excepciones  puntuales, y  a  diferencia  de  otros momentos  históricos, los  países  de  la  región  tienen  herramientas para  enfrentar  la  coyuntura  que  se  espera  del  2016. Lo que queda,  será independizar el desarrollo regional de su fuerte  primarización,  incrementar la inversión en capital para sofisticar la estructura económica, y erradicar definitivamente la pobreza.

     

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