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Sábado, 16 de Diciembre de 2017

Para qué ser competitivos

By Alberto Schuster de ABECEB

Lunes 4 de Diciembre de 2017

Alberto Schuster
Alberto Schuster

Estamos escuchando cada vez más seguido por parte del gobierno, políticos y empresarios que las medidas que se toman o se reclaman apuntan a que nuestro país sea “más competitivo”. Esta idea debería tener sentido para todos los habitantes; de otra manera representaría sólo los intereses de algunos sectores de la sociedad. Deberíamos preguntarnos entonces si el “ser competitivos” nos beneficia a todos. La respuesta es afirmativa, siempre y cuando no se concentre la riqueza.

Está comprobado que los países que son competitivos brindan a su gente una mayor prosperidad. Gozar de una mayor prosperidad implica no tener problemas de mortalidad materna ni infantil, ni en la nutrición infantil; tampoco padecer de carencia de alimentos. También implica no padecer de enfermedades infecciosas; tener acceso al agua corriente y a adecuadas  instalaciones sanitarias. Con ello lograr una buena expectativa de vida. Posibilitar un acceso económico a la vivienda y a la electricidad. En cuanto a la seguridad, una baja tasa de asesinatos, de crímenes violentos o muertes por accidentes de tránsito. Lograr bajos niveles de consumo de sustancias tóxicas y en educación, lograr una alta tasa de alfabetización  y el acceso a los distintos niveles de la educación formal. Finalmente una buena calidad en el medio ambiente.

Suena atractivo, pero a la luz de nuestra realidad histórica, que ya se remonta a muchos años atrás, y las limitaciones que nos presenta el panorama actual, el esfuerzo parece, y es, muy grande.

Asistimos desde hace décadas a niveles crecientes de pobreza e indigencia, inestabilidad macroeconómica, deterioro de la educación, carencia de representación política, baja participación en el comercio mundial, ausencia de políticas de Estado, falencias institucionales, falta de una concepción de nación integrada, jóvenes que no estudian ni trabajan, drogadicción, inseguridad, etc.

Hace demasiado tiempo ya, no logramos generar un proceso de crecimiento económico que pueda sostenerse en el tiempo, sin el cual no hay país que sea viable. Sólo para dar una idea de lo mal que nos manejamos, en los últimos cuarenta años crecimos la mitad que los otros países latinoamericanos y un cuarto respecto de lo que creció el mundo. Y todo esto debido a nuestra falta de competitividad.

Bueno, seamos entonces competitivos! ¿Qué tenemos que tener como país para ser competitivos?

Tenemos que poder crear y mantener en el tiempo las condiciones para que nuestras empresas grandes, pequeñas, medianas y los emprendedores, que crearán las futuras empresas, puedan exportar, defenderse contra las importaciones que nos vienen del exterior, sin cerrar arbitrariamente las fronteras, generar utilidades, inversión, empleo e innovación. Y con ello generar la prosperidad que detallamos arriba.

Y quien, debe entonces encargarse de que seamos competitivos?

La respuesta es: todos nosotros, por medio de lo que llamamos los “actores de la competitividad”. Esos actores son tres a la hora de crear y mantener las condiciones para que el país sea competitivo: el Estado, las empresas y la sociedad civil en su conjunto, integrada por partidos políticos, sindicatos, asociaciones religiosas, universidades, organizaciones sin fines de lucro, medios de comunicación y redes sociales.

¿Qué rol concreto (y virtuoso) debería jugar cada una de estas partes?

El Estado determina las reglas del juego, establece los marcos de referencia para que las empresas puedan desarrollarse. Ofrece las condiciones para que se produzca la inversión, lucha contra la inflación y establece condiciones tributarias justas y adecuadas. En caso de que se produzcan conflictos entre empresas, oficia como árbitro y garantiza imparcialidad en sus decisiones. También toma para sí la provisión de bienes públicos: defensa, educación básica, justicia y sistemas de protección social, entre los más importantes. Su rol es necesariamente parcial en la construcción de competitividad y puede ser un actor determinante en la destrucción.

Las empresas, cualquiera sea su tamaño, son las que generan la riqueza de un país movilizándose por el fin de lucro, ponen foco en el logro de utilidades. En el camino, mejoran su productividad y su eficiencia, generan empleo, desarrollan capacidades e incorporan innovación y tecnología, todo con el objetivo de incrementar sus niveles de competencia en el mercado, satisfacer de una mejor manera a los consumidores, ganar posición, crecer y apuntar a ser sustentables en el largo plazo. Cuando buscan generar ganancias de carácter rentístico o monopólico y un país poco abierto a la competencia internacional, todo ello mediante influencias indebidas con el gobierno de turno, conspiran contra la competitividad del país.

La sociedad civil como principal interesada (al fin de cuentas, la competitividad mejora los niveles de vida de la población), debe exigir que los agentes que administran el Estado rindan cuentas.  Los sindicatos son actores relevantes de la sociedad civil. En nuestro país, a diferencia de lo que sucede en muchos otros, el sindicalismo mantiene un rol muy activo en el diseño de algunas de las políticas que afectan a la competitividad, fundamentalmente en lo relativo a salarios y condiciones de trabajo. Una actitud sindical pro-productividad es clave en la remoción de alguna de las barreras que suelen conspirar contra la competitividad.

Estos actores, cumpliendo con estos roles, crean las condiciones a que nos referíamos. Si lo hacen bien el país será más próspero; si lo hacen mal, como históricamente lo hemos hecho el país no crecerá y su gente no podrá gozar de la prosperidad deseada.

Qué podemos hacer como ciudadanos para que esas condiciones sean creadas: por supuesto ejercer el voto favoreciendo a aquellos representantes que inspiren ideas modernas y que demuestren en su accionar trabajar para solucionar los problemas de aquellos que no gozan de los factores de prosperidad que arriba indicamos. Y que diseñen políticas para que las empresas ganen dinero, lo reinviertan, generen empleo y sepan competir. Pero, asimismo fomentar aspectos que, está comprobado, hacen a un país competitivo: la libertad económica, el respeto de los derechos civiles fundamentales, la limitación del poder del gobierno y la transparencia, la protección del derecho de propiedad y cumplimiento de los contratos, el cumplimiento regulatorio, el orden y la seguridad, el capital social y humano, la moneda sana la calidad de la regulación a las empresas.

Pero también preguntarse cuáles son los valores que deberíamos nosotros como ciudadanos fomentar para ser una sociedad competitiva: vocación por competir, valorización positiva del exitoso; valorización positiva del empresario y del emprendedor; apreciación por la modernidad; vocación por el aprendizaje y la mejora continua; valorización de la responsabilidad individual; conceptualización del valor del trabajo; conceptualización del impuesto como una contraprestación; conceptualización del poder “para servir” y no “para servirse”; rechazo social de la corrupción; demanda por la eficiencia del Estado; creatividad e innovación; igualdad y equidad como aspiración; criticidad de la educación; apreciación del mérito y sindicalismo como un instrumento de progreso, entre otros.

*Alberto Schuster es Director de la Unidad de Competitividad de ABECEB

    

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