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Domingo, 25 de Junio de 2017

Descubrir un catálogo de playas

Por Karina Pontoriero

Playas colombianas

“¿Por qué?”, me preguntaban con cara de preocupación mis amigos y familiares. Es que, seamos honestos, cuando escuchás Colombia pensás en las FARC, en vicios, en Pablo Escobar, ¿no? Bueno, yo pensé en una foto de Taganga que me cautivó, en las playas de arena blanca y agua turquesa, en las coloridas calles de Cartagena….


Después de 15 días recorriendo Bogotá, el triángulo de café, Medellín y Cartagena de Indias, llegó el broche de oro: un verdadero paraíso en la tierra  llamado Parque Tayrona, algo así como un catálogo de playas al que sólo podés acceder a pie o a caballo (o en lancha, pero de manera ilegal, ¡ojo!), atravesando de a ratos un bosque, de a ratos un paisaje desértico, subiendo por las rocas, esquivando insectos de todo tipo y tamaño, cruzando miradas con un mono o un ave solitaria.


Este Parque Nacional ocupa 15.000 hectáreas de extensión y, según he leído, alberga más de 350 especies de algas y cerca de 800 especies diferentes de plantas; además de variedad de fauna, playas vírgenes y ruinas arqueológicas que dejan constancia de la existencia de un asentamiento de la tribu Tayrona en tiempos precolombinos.


En esa larga caminata mi cabeza elucubró imágenes dramáticas, algo que forma parte de mi esencia, aclaro. Si caía por una roca y me fracturaba una pierna, nadie se iba a enterar y moriría ahí mismo, sola y abandonada. Maldito espíritu aventurero, pensé. Pero minutos después empecé a escuchar un sonido inconfundible y un cartel lo confirmó: era el primer encuentro con el mar, donde la vida comenzó hace millones de años. Ya no había dudas, estaba en uno de los lugares más lindos del mundo.

Pero tenía que seguir caminando, porque me habían advertido que a medida que me alejaba todo era diferente. Y así fue. Quince minutos después, una playa totalmente distinta llamada Arrecife, con agua celeste y turbulenta, me senté a admirar su bravura durante largo rato y continué. Nuevamente a subir por unas rocas hasta encontrarme con una playa totalmente distinta, de arena más finita, agua verde y calma que se llama La Piscina. Obvio, era el momento indicado para un chapuzón en ese mar cristalino. Quería seguir.

A medida que me internaba en el parque, me desconectaba más de la civilización y me involucraba más con lo natural. Un  camping me sedujo y quise pasar la noche durmiendo en una hamaca paraguaya, literalmente bajo las estrellas. Una experiencia única que ojalá pueda repetir. Es que me quedó mucho Tayrona por conocer.

 

@karinaponto

     

Tags: viajes experiencias turismo Colombia Karina Pontoriero
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