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Sábado, 23 de Setiembre de 2017

¿Por qué viajar solo?

Ventajas y desventajas de un viajero solitario en primera persona.

Soledad frente al imponente Machu Picchu
Soledad frente al imponente Machu Picchu

 

 A mí me parece lo más normal viajar sola, aunque mucha gente no me entiende. Deben pensar que no tengo amigos o que soy una ermitaña sin remedio. Ninguna de ambas situaciones es cierta, lo juro. La primera vez que viajé sola fue porque no me quedó otra opción. Tenía vacaciones en abril, cuando todos sabemos que la mayoría se puede tomar días libres en enero o febrero.  ¿Me iba a quedar sin vacaciones porque no tenía con ir? Juro que lo pensé. Pensé que me aburriría. Pensé que no tendría nadie con quien conversar. Pensé que debería tomar muchas decisiones por mi cuenta y me estresaba. Pensé que estaría mucho más expuesta a estafadores, ladrones, etc. Pensé que debía enfrentar uno de mis mayores traumas (comunicarme en inglés) sin poder apoyarme en nadie. Por suerte mi necesidad de escapar de la ciudad de la furia fue más fuerte; me animé a dar ese paso y ya no hubo vuelta atrás.
 
Logré reconvertir o resignificar todo eso que me daba miedo o incertidumbre. Viajando sola me siento realmente libre, puedo armar o desarmar planes, elegir qué camino tomar y dar media vuelta si no es lo que esperaba, quedarme horas mirando un cerro sólo porque me gusta. Viajando sola descubrí que soy mucho más fuerte de lo que creía. Aprendí a estar más alerta y a confiar en mi intuición (como en la canción de Lito Nebbia, “dicen que viajando se fortalece el corazón”).  En mis viajes en soledad soy más receptiva, más sensible y ando por ahí con los ojos bien abiertos. Uso el transporte público, converso mucho con los locales, trato de correrme del lugar de turista y me dejo llevar por la curiosidad.
 
Viajar sola es abrir el corazón de par en par al mundo.  Aunque, en definitiva, nunca viajé sola. Siempre me crucé con otros solitarios y ocasionales compañeros de ruta con los que compartí anécdotas inolvidables o familias que me “adoptaron” por un par de días y me hicieron sentir una hija más. 
 
Claro que la vida del viajero solitario nunca es color de rosa: la mayoría de los alojamientos están pensados en “base doble” y si no sos un poco caradura – y juro que no es mi caso- es muy difícil regatear precios; si te enfermás o te sentís mal, no tenés quién te cuide o te haga un tecito y, como decía más arriba, estás un poquito más desprotegido ante “fuerzas extrañas”.  Pero la mayor desventaja es tener que pedirle a un extraño que te saque una foto: hay tantas posibilidades de que te saque lo que querés como de que salgas bien en la foto del DNI. Pero no importa, peor es andar con el palito de las selfies, ¿no?

Karina Pontoriero
@karinaponto
     

Tags: viajes turismo experiencias Karina Pontoriero
Aruba