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Viernes, 28 de Abril de 2017

Salvadora, by Felipe Pigna

Felipe Pigna
Felipe Pigna

La gran depresión mundial de 1929 tuvo, desde sus comienzos, efectos catastróficos para las economías latinoamericanas. La demanda internacional de azúcar, café, metales y carne cayó,  y no se encontraron salidas alternativas para esos productos.

En la Argentina a comienzos de 1930, los salarios reales comenzaron a decaer y se multiplicó el desempleo. Pese a que la crisis arribó paulatinamente, las clases dirigentes, que habían conspirado contra el yrigoyenismo en épocas mejores, no dejaron de advertir que se avecinaban tiempos de privación y malestar social.

Algunos sectores de la dirigencia política y militar argentina comenzaron a pensar que las democracias liberales no garantizaban una cuota mínima de orden para una época de alta conflictividad social.

Por eso pusieron en marcha el primer golpe de Estado del siglo XX encabezado por el general José Félix Uriburu el 6 de septiembre de 1930. El primer decreto del general ordenaba disolver el Parlamento Nacional. El argumento utilizado fue insólito: "las razones (son) demasiado notorias para que sea necesario explicarlas".

Mientras tanto, en su editorial del 7 de septiembre, el diario La Nación explicaba a sus lectores que "ayer, en un movimiento popular, verdadera apoteosis cívica, Buenos Aires ha enterrado para siempre el régimen instaurado por el sr. Yrigoyen"; a su vez, La Prensa no se quedaba atrás: en su edición del 10, festejaba que el pueblo "arrojó del poder  a los burladores del sufragio universal y del Congreso".

El gabinete de Uriburu estaba compuesto por lo más rancio de nuestra oligarquía que recuperaba feliz el aparato del Estado, base fundamental de sus negocios.

Por supuesto como siempre ocurre en estos casos donde la “reserva moral de la Nación” se hace cargo del Estado, la corrupción afincó en la Casa Rosada y Uriburu dictó un decreto confidencial y sumamente ingenioso, estableciendo que el gobierno se haría cargo de todas las deudas privadas de los oficiales del Ejército. Todo lo que los oficiales tenían que hacer era informar a su coronel que tenían una deuda; no se requerían detalles ni se formulaban preguntas. Parece que los oficiales supieron aprovechar la ocasión, porque mucho tiempo después los diarios informaban que el decreto le había costado al país más de 7 millones de pesos. Un buen sueldo rondaba por entonces los 150 pesos.

La obra de gobierno de tan “notable” general incluyó un intento de  reforma de la Constitución, creó la Legión Cívica (un cuerpo paramilitar que llegó a contar con miles de hombres, imitando a las camisas negras de Mussolini y desarrolló una política represiva en lo político y sindical. El general "Von Pepe", como lo llamaban por sus simpatías por los militares alemanes, creó una sección especial en la policía destinada a perseguir a los dirigentes gremiales y a los opositores en general. El comisario Leopoldo Lugones, mucho menos poético que su padre, introdujo el uso de la picana eléctrica en los interrogatorios. Un invento argentino de alcance internacional.

Von Pepe decretó la pena de muerte y hubo varios fusilados. Entre ellos, se destacó la figura del anarquista italiano Severino Di Giovanni, autor de varios atentados y asaltos con fines políticos, que fue ejecutado en febrero de 1931.

En medio de tanta ignominia, hubo una mujer que se atrevió a “cruzarle la cara” al general. Se llamaba Salvadora Medina Onrubia, una dama contradictoria y valiente. Militante anarquista, amiga de Simón Radowitzky y esposa de Natalio Botana el creador de Crítica. Cuando fue a dar con sus huesos a la cárcel por orden de Uriburu, un grupo de notables intelectuales le envió una carta al presidente de facto para pedir por su libertad. Lo que sigue es la respuesta de Salvadora:

Gral. Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido... Magnanimidad implica perdón de una falta. Y yo ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.

Señor general Uriburu, yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente. Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama karma, no es un explosivo, es una ley cíclica. Esta creencia me hace ver el momento por que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ellos. Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no la más dura de las que mi destino es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidad.

En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado, me siento más grande y más fuerte que Ud., que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos ... y eso que tengo la vaga sospecha de que Ud. debió salir de algún hogar y debió también tener una madre.

Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo, en este inverosímil asunto de los dos, el degradado y envilecido es Ud. y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo.

General Uriburu
, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio.-

Salvadora Medina Onrubia
Cárcel del Buen Pastor, julio 5 de 1931


Fuente: www.elhistoriador.com.ar

 

     

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