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Lunes, 23 de Octubre de 2017

Plaza, perros y el ocultador serial

By Luciana Palermo

Relatos cotidianos
Relatos cotidianos

A Norman lo conocí un día que llevaba a mi perrita a pasear a una Plaza de La Plata. Él también tenía un perro salchicha como la mía, pero de color negro.

Durante los dos años que viví en la Capital de la Provincia, llevé a Paquita a correr y jugar con otros perros a esa Plaza que tenía cerca del departamento. Lo hacía de manera diaria y generalmente en el mismo horario. Así fue como, tarde a tarde me quedaba conversando con los otros dueños de perros que había, entre ellos con Norman, con quien pronto entablamos una relación mas estrecha, debido, principalmente, al hecho de que él excluía al resto, ya sea no hablándoles, o directamente, negándoles el saludo.

Mientras nuestros perros jugaban y se divertían, Norman me contaba de él y de sus actividades laborales y yo lo ponía al día con mi vida cotidiana en la ciudad "nueva" (nací y crecí en Adrogué, así que La Plata era una novedad para mí, a la vez que era la primera vez que vivía sola). Mis historias eran diversas y abarcaban temas que iban desde mis amigas, hasta las consecuencias que tuvo la inundación en el edificio.

Los fines de semana, yo solía viajar a Adrogué para visitar a mis padres y Norman siempre me despedía los viernes, diciéndome que "me iba a extrañar".

Poco a poco, empezaba a sentirme a gusto con él, a pesar de que a veces me resultaba un poco frío e indescifrable. En realidad, se notaba que Norman daba mucha importancia a su aspecto físico; se mantenía en forma, llevando una vida deportiva y siempre andaba bien vestido (incluso cuando llevaba a su perro a la Plaza). Y aunque era lindo, una parte de mí lo rechazaba porque consideraba que era un hombre bastante superficial.

Sin embargo, en las charlas a solas, que solían durar horas, yo la pasaba bien y además, él sabía cómo hacerme sentir acompañada. Lo que siempre me llamó la atención era la forma en que sus vecinos lo saludaban. De lejos y moviendo la mano, o gritando su nombre, pero siempre con rostro de extrañeza, como que no era habitual para ellos verlo hablando con alguien (mas considerando el hecho de que siempre lo veían conversando conmigo).

Habían pasado seis meses cuando empecé a considerar la posibilidad de no ir mas a esa plaza. La Plata estaba llena de espacios verdes y la actitud ambivalente de Norman hacia mí empezaba a desconcertarme. Por un lado, él se alegraba cuando me veía y me lo hacía saber, con gestos y palabras; pero por otro, nunca me había dicho de vernos en otro lugar que no sea ese. Yo no quería ilusionarme y tampoco quería esa falta de definición en mi vida.

El último día que lo ví fue un sábado que pasé con Paquita rumbo al veterinario. Tenía que llevarla a darle unos puntos porque el día anterior un perro mas grande le había pisado la patita. Él me saludó alegremente como siempre y le dije que nos veríamos al otro día o cuando mi perra se recupere.

Al otro día me enteré que Norman vivía con su novia. En ese momento comprendí por que lo saludaban así sus vecinos. Nunca más volví a esa Plaza. Ni nunca más quise volver a verlo. A partir de ese momento, Norman pasó a ser una persona indigna de mi atención y (excepto por hoy que escribí para contarles esta historia) también está totalmente fuera de mis pensamientos.

     

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