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Lunes, 18 de Diciembre de 2017

Piratas, by Felipe Pigna

Felipe Pigna
Felipe Pigna

Los piratas verdaderos, los filibusteros, los bucaneros, aquellos que vemos en las películas también formaron parte de la agitada historia argentina. La palabra pirata viene del griego peirates, derivado de peiran que significa «esforzarse», «tratar de», claro que ese esfuerzo poco tendrá que ver con trabajar y esas cosas. El término filibustero deriva del nombre que le daban los ingleses a los pequeños barcos usados por los piratas fly boats y que los franceses llamaban flibots. La palabra bucanero deriva del término que usaban los caribes para llamar a las parrillas en las que ahumaban la carne: bucan. Como los piratas que operaban en las Antillas se hicieron afectos a los ahumados, fueron conocidos también como bucaneros.

En abril de 1578 tuvimos el raro privilegio de que el propio Francis Drake, quizás el más notable de los piratas, se diera una vuelta por las costas de aquella Buenos Aires que debería esperar dos años para que Juan de Garay la fundara definitivamente, tras la fallida experiencia de Pedro de Mendoza en 1536. El hombre que sería nombrado Sir por la reina Isabel por los “valiosos servicios prestados”, es decir el saqueo de las naves españolas para engrosar el tesoro Real, llegaría a ser alcalde Plymouth en 1581 y miembro del Parlamento británico entre los años 1584 y 1585. Es que la piratería estaba muy lejos de ser una actividad marginal para el “ejemplar” Imperio británico. Era todo un asunto de Estado porque cumplía dos funciones estratégicas fundamentales: debilitar económica y militarmente a España y constituía una de las principales fuentes de ingreso de la Corona, que a través de sus “honorables” piratas robaba los tesoros que a su vez España había robado, explotación y saqueos salvajes mediante, a los americanos originarios. Despreocupado de aquello de los cien años de perdón, Drake estaba de paso por aquella inhóspita zona costera del Río de la Plata hacia la bahía de San Julián y el estrecho de Magallanes, en su gira, exitosa por cierto, alrededor del mundo. La entrada de estos ingleses al Mar del Sud por el estrecho de Magallanes preocupó enormemente a la Audiencia de Charcas, que se dirigió al rey Felipe II el 31 de enero de 1581, para hacerle saber que las prédicas de “estos los luteranos en las costas de Chile y del Perú podían difundir entre los indios ideas de libertad y rebelión”.

El rey de España entendió el mensaje político-religioso de su subordinado y comprendió además el peligro estratégico que significaba para la conservación de sus colonias americanas la navegación por naves enemigas del paso interoceánico. Felipe decidió organizar una armada compuesta por veintidós navíos al mando Diego Flores Valdés con la orden de dirigirse al estrecho de Magallanes y levantar fuertes, en ambas orillas, capaces de impedir el paso de cualquier navío enemigo.

La suerte no estaba del lado de Flores Valdés y su armada “comenzó a ser perseguida por la desgracia” aun antes de su partida. Hombre complicado, para encaminarse a la Tierra del Fuego, Valdez prefirió pasar primero por Brasil, donde se encontró con la armada de don Alonso de Sotomayor, nombrado gobernador de Chile, que se dirigía a hacerse cargo de su puesto por la vía del estrecho de Magallanes. También en Río de Janeiro tomó contacto con un pequeño barco, en el que venían veintidós frailes franciscanos al mando del custodio del Río de la Plata, Tucumán y Paraguay, fray Juan de Rivadeneyra. El barco misional había partido de España el 22 de mayo de 1582.

El 5 de diciembre de aquel año Flores Valdés firmó un acuerdo con don Alonso de Sotomayor, Pedro Sarmiento de Gamboa, el almirante, los oficiales y capitanes reales, para ir a poblar juntos el estrecho de Magallanes y llegar a Chile siguiendo esa ruta.

Una semana después, las naves de Flores Valdés se toparon nuevamente con el Padre Rivadeneyra. El cura le contó que cerca de Río de Janeiro, lo había perseguido un bote de desembarco lleno de ingleses que lo habían hecho prisionero.

La pequeña embarcación había partido de la nave inglesa Leicester comandada por Eduardo Fenton. Hombre del Conde de Leicester, Fenton se había lanzado en mayo de 1582 desde Inglaterra a recorrer los mares junto a otras dos naves, la Edgard Bonaventure y la Elizabeth.

El pirata Fenton era, como sus colegas modernos, todo un caballero. El padre Rivadeneyra recordaba hasta con cierto orgullo que el 7 de diciembre había sido invitado a cenar con Fenton y narraba las recíprocas cortesías que se dispensaron.

Pero, se sabe, “lo cortés...” y Fenton, tras el almuerzo le “requisó” al cura Rivadeneyra y a los otros frailes todos los objetos que le parecieron convenientes, desde campanas, sierras y hachas, ollas y barriles de conservas, hasta una ‘gata parida con sus hijos’ y los dos prácticos de la nave: Juan Pérez y un Juan Pinto,  quienes, tras innumerables y novelescas peripecias, terminaron en Inglaterra, desde donde pudieron pasar a España para escribir sus memorias.

Pero, caballero de la reina al fin, Fenton tuvo la amabilidad de permitir a los frailes que siguieran su camino rumbo al Río de la Plata mientras él y sus compañeros ponían proa rumbo al norte con el modesto botín eclesiástico.

Flores Valdés, que seguía con la mala racha, escuchó con atención el relato de Rivadeneyra y, envalentonado salió a perseguir a los ingleses, pero dos horas antes del amanecer, la nao Santa Marta capitaneada por Gonzalo Méndez, encalló y se hundió. Dos días después, ya en el puerto de Santa Catalina, la nao San Nicolás se perdió para siempre.

Valdés seguía confiando en su suerte a pesar de las evidentes muestras que esta lo había abandonado hacía rato. El lunes 7 de enero de 1583, todas las naves salieron nuevamente del puerto de Santa Catalina; pero una de ellas se hundió a pesar de los esfuerzos que el factor Andrés de Eguino. El 24 llegaron al puerto de Santos que estaba bastante concurrido. Allí amarraban dos de las naves de Fenton porque la tercera, mandada por John Drake, sobrino de Sir Francis, se había hundido en el Río de la Plata, al pretender llegar hasta Buenos Aires. Las dos naves de Fenton y las tres de Flores Valdés se trabaron en un duro combate y estuvieron tiroteándose dos días enteros. Los ingleses hundieron la Santa María de Begoña pero los españoles salvaron a su gente y mataron una gran cantidad de enemigos.

Después de estos hechos el gobernador de San Vicente, Jerónimo Leiton, y los oficiales reales trataron de que Andrés de Eguino, por medio del ingeniero italiano Juan Bautista Antonelli, edificara un fuerte para defenderse de otros probables ataques de corsarios; pero como pasa en estos casos, por falta de dinero la fortaleza nunca pudo construirse.

Por las dudas, quizás para separarse del poco afortunado Valdés, Alfonso de Sotomayor resolvió detenerse en Buenos Aires para llegar a Chile por tierra en vez de hacer el viaje cruzando el estrecho de Magallanes. Lo acompañó hasta las puertas de la ciudad Juan de Garay que iba en sentido contrario, rumbo al litoral, pero llegar a las proximidades del Fuerte Sancti Spíritu, el segundo fundador, fue muerto por los indios.

Al poco tiempo el sobrino de Francis Drake, se perdió a la deriva en el Río de la Plata. Los 16  hombres que tripulaban el Francis, así como el maestre Richard Farewether y el propio John Drake se salvaron de un ahogo seguro pero no de los charrúas que ya habían dado muestras de su “garra” en la persona de Solís. Al cabo de trece meses de cautiverio John Drake, el maestre Richard y John Daclós huyeron en una canoa en dirección a Buenos Aires, a donde llegaron en marzo de 1584. Por las dudas, las autoridades españolas los encarcelaron y los remitieron a Santa Fe, donde Drake declaró ante escribano la historia de sus aventuras en compañía de su tío Francis, según consta en un acta con fecha  24 de marzo de 1584.

De Santa Fe fueron remitidos hacia Asunción donde el teniente general Juan de Torres Navarrete los mantuvo presos e incomunicados. Desde la actual capital paraguaya pasaron a Lima, reclamados por el tribunal de la Santa Inquisición que los condenó a vivir en un convento del interior del Perú.

El domingo 18 de marzo de 1607. A las doce de la noche Buenos Aires fue despertada por los gritos de unos marineros que habían llegado nadando desde un navío y aseguraban haber sido asaltados por corsarios ingleses y franceses. La ciudad se puso en armas; pero los corsarios no aparecieron.

A la mañana siguiente, Hernandarias levantó una información de testigos y por ella se supo que unos trece o catorce franceses, ingleses y holandeses habían llegado ocultamente hasta una carabela anclada en el puerto, la habían saqueado y habían huido en seguida con otro navío más pequeño que se hallaba allí cerca.

Un mes después, los pobladores de Buenos Aires tuvieron otra sorpresa: la llegada de una balsa con unos cuantos portugueses y dieciocho negros que habían sido asaltado por los piratas.

Los lusitanos contaron que habían pertenecido a un navío llamado San Andrés que se dirigía a Río de Janeiro y a San Vicente cargado de negros de Angola que fue capturado por una nave de corsarios que los había llevado al Río de la Plata para asaltar barcos españoles. Al cabo de unos días, cansados de esperar presas que no llegaban, los piratas se establecieron en la isla de San Gabriel, donde se hundió la nave San Andrés, y de allí pasaron a la isla del Maldonado. En este lugar, un escocés llamado David había pedido autorización al capitán de los corsarios para ir con una lancha a robar algún navío anclado en el puerto de Buenos Aires. El tal David conocía los canales submarinos por haber entrado en Buenos Aires junto con los soldados españoles de una expedición que se dirigía a Chile. Así que no le costó nada llegar al puerto, desvalijar un navío y llevarse otro. Después de este éxito, los piratas les propusieron a los portugueses dejarlos con los negros en la isla de San Gabriel. La propuesta no era muy seductora. El dueño del navío hundido San Andrés prefirió irse con los ingleses y unos pocos portugueses resolvieron quedarse con los 18 negros con los que a duras penas llegaron a Buenos Aires.

En los años siguientes sólo hubo rumores de que podrían llegar piratas y corsarios a Buenos Aires. Desde Córdoba se supo que en Chile había habido nuevas de corsarios, y en 1620 el gobernador don Diego de Góngora escribió al rey de España diciéndole que estaba preparado para recibir los ataques de los corsarios holandeses que andaban por las costas del Brasil. El ataque tan temido no se produjo. Pero en 1628 una nave holandesa anduvo sondeando el Río de la Plata y dejó en la costa próxima a la ciudad unos impresos “llenos de herejías” que fueron enviados a los inquisidores de Lima.

En 1629 el virrey del Perú anunció al gobernador del Río de la Plata, don Francisco de Céspedes, la próxima llegada de cuarenta navíos holandeses construidos a propósito para subir por los ríos. Céspedes pidió refuerzos a los gobernadores del Tucumán y del Paraguay, mandó a buscar pólvora y municiones a Pernambuco y adiestró a los negros en el manejo de los caballos; pero los holandeses nunca se dejaron ver. En 1631 se difundió la noticia que desde Francia habían salido once navíos para «infestar» los puertos americanos. La noticia no pasó de ser una simple fantasía, útil para justificar enormes gastos y desvíos de fondos encubiertos ahora bajo el rubro “erogaciones para la defensa de este puerto y ciudad de Buenos Aires”. Parafraseando a un ex presidente afecto a las sentencias, no precisamente judiciales, podríamos decir: piratas hubo siempre.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

     

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