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Viernes, 28 de Abril de 2017

Palabra Autorizada

Salvajes unitarios, by Felipe Pigna

Felipe Pigna
Felipe Pigna

Para hablar con propiedad de la indudable dureza de Rosas, que se tradujo en algunos períodos de su gobierno en el uso del terror contra sus opositores, se hace imprescindible recordar que el golpe con el que Lavalle derrocó a Dorrego en diciembre de 1828 abrió una etapa de barbarie hasta entonces desconocida por estas tierras. No se trata de instalar una teoría de los dos demonios entre unitarios y federales, sino de contextualizar los niveles de violencia usados a su turno por ambos bandos y señalar que sólo se suele recordar, sospechosamente, la violencia y los métodos represivos ejercidos por Rosas.

Así lo sintetizó un autor que no se caracterizó por sus ardores federales: “La corta dictadura militar de Lavalle suministra casos aislados de todos los abusos y delitos oficiales que la tiranía de Rosas practicaría como régimen: el terror esporádico de los unitarios anunció el endémico de los federales, y no es fácil apreciar en qué proporción el primero sea responsable del segundo. Delaciones, adulaciones, destierros, fusilamientos de adversarios, conatos de despojo, distribución de los dineros públicos entre los amigos de la causa: se ve que Lavalle, en materia de abusos –y aparte su número y tamaño– poco dejaba que innovar a su sucesor”. 1

El propio general unitario Tomás de Iriarte cuenta en sus memorias que “después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio de que hicieron uso con profusión muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables enemigos: se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de la tierra. Durante la contienda civil, los jefes y oficiales de Lavalle cometieron en la campaña las mayores violencias, las más inauditas crueldades –crueldades de invención para gozarse en el sufrimiento de las víctimas–, la palabra de guerra era ‘muerte al gaucho’ y efectivamente como a bestias feroces trataban a los desgraciados que caían en sus manos. Era el encarnizamiento frenético, fanático y descomunal de las guerras de religión. El coronel don Juan Apóstol Martínez hizo atar a la boca de un cañón a un desgraciado paisano: la metralla lo hizo pedazos y sobre algunos restos que pudieron encontrarse, el mismo Martínez esparció algunas flores. Otra vez el mismo jefe hizo que unos prisioneros abriesen ellos mismos la fosa en que fueron enterrados”. 2

A comienzos de 1829, los asesinos de Dorrego, es decir, Lavalle y sus asesores rivadavianos, inventaron un sistema represivo al que llamaron “de las clasificaciones”. El método consistía en armar un prolijo registro de todos los adversarios conocidos y ejecutarlos o desterrarlos.

El nivel de persecución a la oposición federal fue tal, que no pocos quisieron optar por el camino del exilio. Alertado sobre esta situación, el Consejo de Gobierno decretó: “no debe conceder pasaportes sino a los individuos que están por la ley y decretos citados, expresamente exceptuados de servir con las armas en la mano en las actuales circunstancias, teniendo bien presente entre aquellos los que por su estado, carácter público que obtengan o hayan obtenido, o que por su influencia personal en la sociedad sean capaces de alarmar con su ausencia la opinión pública, y debilitar la fuerza moral tan imperiosamente necesaria en las actuales circunstancias”. 3

También hubo episodios de censura como el que sufrió Ignacio Núñez, ex secretario de Mariano Moreno, por publicar un artículo crítico contra Lavalle. Núñez y Enrique Gilbert, el propietario del periódico donde se publicó el escrito, fueron condenados a diez años de prisión, que afortunadamente no llegarían a cumplir.

El diario El Pampero, vocero de los unitarios, justificaba en estos términos la represión: “El argumento que Ud. forma, de que si son pocos los federales, es poca generosidad perseguirlos; y si son muchos es peligroso irritarlos; nosotros decimos, que no son los muchos sino los pocos, y esos malísimos, y con los malos no se debe capitular, sino extinguir. Que sean pocos o muchos no es tiempo de emplear la dulzura, sino el palo, y cuando hayamos terminado el combate tendrá lugar la generosidad. Mientras se pelea, esta virtud suele ser peligrosa y más con gente que no la agradece. Siendo ya vencedores les concederemos los honores de vencidos: cuando no haya asesinos armados, buscaremos a los ciudadanos indefensos, y nos empeñaremos en convencerlos; pero ahora sangre y fuego en el campo de batalla, energía y firmeza en los papeles públicos”.

Pionero de la mano dura, El Pampero –vocero de la gente decente– alentaba al uso del palo como todo elemento de discusión “democrática”: “Palo, señor Editor, palo, y de otro modo nos volveremos a ver como nos hemos visto el año 20 y el año 28; palo, porque sólo el palo reduce a los que hacen causa común con los salvajes”. 4

Referencias:

1 Paul Groussac, Estudios de historia argentina, Buenos Aires, 1913.
2 Tomás de Iriarte, Memorias, Buenos Aires, Jackson, 1953.
3 Ricardo Levene, Historia Argentina, Buenos Aires, Lajouane, 1950
4 El Pampero, 31 de mayo de 1829.

     

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